La guerra siempre llega hasta mí con las fauces dolorosas,
anhelante,
queriendo devorarlo todo con sus mañas de terror.
Me sorprende en la cama, en la cocina, durante la mordida inconclusa de una fruta muerta.
Me pilla con sus formas de balas y tretas,
con las máscaras terribles de la parca,
con sus quejidos silentes y sus habilidades para vulnerar y envenenarnos.
Agrede por la pantalla de la tele y la maltrecha boca del metro.
La guerra dormita debajo del alféizar y en un barrio desolado.
Reposa en el olivar que persiste bajo el fuego del acero yacente.
Está en la mirada triste de los niños en Benghazi,
en la hoguera que resultan ser las vanidades.
La guerra no consigue morir: tiene vida eterna y febril pasión.
No le importa la metralla,
ni la voz del almuecín llamando al rezo en la punta del alminar.
Mucho menos el clamor en la orilla derecha del río Jordán.
Insiste en llegar hasta mí como un sueño maltrecho,
impúdico,
diabólico
y senil.

Yom Hernández
Aquí un licenciado en Historia, loco por la literatura que lee y escribe pertinazmente. Padre de tres libros publicados por Ed Atlantis, Ed Adarve, Ed Cuadranta.
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