Es difícil acostumbrarse a algo. Cuando cumplí 65 años no salía de mi habitación para nada y ahora, uno años después, recorro toda la casa. Aunque solo pueda hacerlo de noche, creo que es suficiente tiempo para cubrir todo el terreno. Menos el patio, claro, que aún no he podido llegar porque amanece y me quedo dormido. Pero es un dormir extraño, es un sueño en el que no sueño. No soy durante él. Simplemente despierto en la noche y salgo de mi habitación a recorrer la casa. Paso por la sala y veo los platos decorativos que traje desde Berna, Zurich, Pescara, valencia... Que lugares tan lindos. Voltéo la mirada y me topo con los muebles que alguna vez trajo mi abuelo de sus aventuras por el Rin. Doy unos pasos y en ellos veo a mi hermano, sentado y con un libro en mano, que parece estar muy concentrado porque todas las noches me ignora por más que le hable. Lo entiendo, yo también me entregaba a las novelas de Calvino. Lo dejo de lado para seguir mirando la sala, que lindo lugar, la mesa que solo usábamos en nochebuena es de una galantía castellana de antaño. Capaz pierdo mucho tiempo en este lugar y por eso no llego al patio. Al porche de la casa nunca voy porque lo miro por la ventana que está junto a la puerta principal. Siempre igual. Las sillas junto al césped y las flores en perfecto estado. Mejor salgo de la sala y me adentro a la biblioteca, mi lugar favorito. Tantas horas he pasado acá. Mi primera vez leyendo a Cervantes, Wilde, Pietri, Borges y tantos otros. Los tomos de historia que nunca terminé, debería hacerlo ahora, aunque mejor sigo recorriendo la casa. Cada tantos pasos me cruzo con fotos, algunas familiares y otras de la misma casa pero viéndose diferente, debe ser de otra época. Es muy antigua esta casa, recuerdo, cuando era niño, que mi abuelo me contaba que nuestra familia siempre vivió en este lugar. Más de 200 años viviendo en esta casa. Mucho tiempo, creo. En fin, las fotos me parecen un poco extrañas porque no estoy en ninguna, en mi lugar hay niños y hombres que no conozco. Debo estar mal de la memoria, eso me lo decía mi mamá. Siempre se lo adjudiqué a la guerra, aunque volví entero. Siempre que paso la biblioteca me detengo en un cofre de madera que está al lado del reloj. Ahí guardaba mis juguetes de niño y, cuando crecí, comencé a guardar los libros que no quería compartir. He intentado abrirlo pero parece que cambiaron la cerradura. Después le preguntaré a mi hermano si fue él. Nunca miro la hora en el reloj, pero justo ahora que veo, debo apresurarme pues marca las 4:25 de la mañana. Ya estoy cerca. A la cocina nunca entro porque está mamá cocinando y no le gusta que la molesten, por eso cuando la saludo no me ve. Siempre está ocupada. Las primeras noches me parecía extraño que estuviera a estas horas ahí, pero la pobre debe estar adelantando el trabajo del día. Ya que estoy caminando hacia el patio quiero observar el lavadero. Ahí siempre nos bañaban a mi hermano y a mí cuando éramos pequeños. Todavía están nuestros juguetes en el mismo lugar, aunque no recuerdo haber tenido un carrito tan grande y tantos soldaditos. Pero lo más extraño es como pudieron estar tantos años ahí. Tal vez esos niños de las fotos, que no conozco, deben jugar con ellos. Estoy comenzando a sentir el olor del césped mojado. Toco el árbol de tamarindo. Cierro los ojos y me veo trepado en él. Riendo. Ni en mis memorias puede ser de día. Todo lo imagino con un cielo nublado. Abro los ojos y ya estoy en el patio, pero me falta caminar hasta el fondo. Hay unos banquitos que nunca había visto. No los recuerdo. Quiero apresurar mi paso pero ya está amaneciendo.
Siento el céfiro en mi rostro. Y no soy.
Abro los ojos y estoy en mi habitación. Es de noche. Salgo a la sala y miro los platos, creo que son de Europa... camino para mirar por la ventana hacia el porche y está todo igual. Las sillas al lado del césped y las flores perfectas. ¿O nunca estuvo así? Veo que en el mueble ya no hay nadie, solo está el libro tirado; El Barón rampante. Siempre había estado mi hermano ahí leyendo, se me hace extraño que no esté. Tal vez esté en la cocina con mamá. Puede ser que esta vez si me escuchen y me vean. Pero primero tengo que pasar por la biblioteca. Otra vez los libros. Otra vez Cervantes. Me doy vuelta y está mi hermano mirando la pared. Mejor dicho, las fotos colgadas en la pared. Por su cara tampoco reconoce a los niños ni los hombres que aparecen en ellas. –¿Alguna vez los viste?– No me responde. Siempre se concentra mucho en lo que hace, pero debo reconocer que me parece extraño. Paso por el cofre, cerrado como siempre. No intento abrirlo porque no quiero perder tiempo. En la cocina está mamá. Creo que hace una sopa. Así me recibió cuando llegué de Bastogne. Que curioso que tenga la misma ropa que aquél día. Al menos eso recuerdo. Los juguetes siguen en el mismo sitio del lavadero. O tal vez no. Creo que los soldaditos están en otras posiciones, deben ser esos niños de las fotos. Camino rápido para llegar a esos banquitos en el patio. El árbol de tamarindo parece estar podado. Igual yo lo podé hace no mucho, que recuerde. Ahora ya estoy en el césped. Veo que pronto amanecerá. Se me hace más difícil caminar, siento una pesadez sobre mi. Noto que al lado de los banquitos hay como una piedra. Y si me acerco logro ver que tiene algo tallado. A medida que me acerco veo una fecha y un nombre. Me siento en uno de los banquitos para descansar y ver, que tallado en la piedra, está mi nombre. Siento el céfiro. Y no soy.
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