Me siento estúpida por haber creído en esto,
en un posible amor,
en sus caricias,
en las dulces mentiras.
Mi imaginación no me dejó ver más allá.
Cómo una niña pequeña,
ingenua e ilusionada,
proyecté construir un amor mucho más fuerte que yo.
Lo que siempre soñé tener y nunca tuve: un hogar.
Un lugar donde permitirme ser y descansar,
dónde estén siempre esos abrazos cálidos que me den la seguridad para sobrevivir.
Aún sigo esperándolo,
con la misma ansiedad,
con las mismas ganas que cuando tenía siete años.
Y lloro, sufro de la misma manera.
Es esa rabia ineludible que nace en el momento que pinchan tu burbuja,
y alguien rompe por primera vez tu corazón.
Arrebatando cada amor, cada centímetro de pureza.
Nunca podré complacer a esa niña.
Ya soy adulta, y aún no he logrado nada de lo que ha querido.
Aquellos sueños dibujados con crayones,
se desdibujan en algún lado de mi memoria.
Volviéndose oscuros, borroneados, confusos.
El frío de la desilusión es lo único que acompaña en estás tardes de otoño.
Me pregunto qué hubiera pasado si las situaciones de mi infancia hubieran sido distintas.
¿Yo estaría sintiéndome igual de vacía ahora?
¿Buscando siempre esa media naranja, esa sensación de plenitud inalcanzable?
Como ciego, voy en búsqueda de lo que me falta, porque en mi interior solo hay vacío.
Un hueco desgarrador que jamás se llena, no es fácil de complacer.
Me revuelco en el suelo,
tensionada y rabiosa,
buscando algún culpable en mi cabeza para adjudicarle este dolor.
La noche, reflexiva como siempre,
me espeja con su luna una única imagen frente a mí,
y puedo verme a mi misma a través de su reflejo.
Al ver a través de aquellos rayos lunares,
solo puedo ver partes rotos de una niña a la que nadie jamás amó.
Contengo la respiración,
la observo,
me acerco.
No puedo abrazarla,
un campo dimensional nos separa.
Pero aún la siento, muy dentro mío, cómo el primer día.
Aún siento sus miedos,
sus inseguridades,
sus sufrimientos;
su necesidad exasperante de amor.
Ojalá pudiera salvarla.
Ojalá alguien pudiera hacerlo por mi.
Pero solo ella tiene el mapa y la llave,
para guiarse hacia a mi.
Para escapar de aquel laberinto sin salida.
Para lograr sentir la luz algún día.
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