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La nada de Esteban Baltazar

Vigo

Aug 13, 2026

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La nada de Esteban Baltazar
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La nada de Esteban Baltazar

«La muerte no la conocéis, y vosotros sois vuestra misma muerte; tiene la cara de cada uno de vosotros, y todos sois muertes de vosotros mismos». - Francisco de Quevedo, Los Sueños.

Un atado de veinte cigarrillos fue lo que compró con el frustrante vuelto que se encontraba en la billetera de un tal Esteban Baltazar, al que apenas le pudo ver la cara en tan efímera situación. Antes de seguir en su moto,se guardó el DNI que encontró en el bolsillo izquierdo y se puso la capucha. A esas altas horas de la madrugada, cuando los postes naranjas mantienen a la noche solitaria, el arrepentimiento no le significó más que el hambre o el mero recuerdo de un pecado perdonable.

A pocas cuadras de la Avenida Rivadavia, en la quietud de Ituzaingó, el cuerpo de Esteban asimilaba la horizontalidad del suelo. En cuestión de segundos, el shock del impacto lo dejó somnoliento, desvanecido e imposibilitado, mientras una desesperada Verónica Úbeda intentaba lo imposible por ayudarlo. Es que la noche de Esteban Baltasar estaba, contraintuitivamente, llena de calles naranjas, autopistas, cenizas y sentimientos que nunca antes había reflexionado. Todas las caras se transformaban y el miedo empezaba a remplazarse por esa extraña vibración que sentía hasta la médula. Las historias y las lenguas desaparecían; las rutinas junto con los almuerzos y las cenas se borraban. Veintitrés años y estudios en letras se desvanecían en un calor flotante que sentía como bajo el agua. Un agua caliente y profunda que le devenía desde el fondo de sus entrañas hasta inundarlo en su totalidad. Allí, su desbordada emoción por conocer las ruinas de Pompeya se reemplazaba por un violento viento en la cara, por la vibración constante de un motor ajeno entre las piernas, y por una tibia, interminable nada.

Olvidó — o mejor dicho no sintió— el recuerdo y deseo de entregarle a Verónica la carta que escribió días atrás en su cuarto dos o tres veces. No pudo dilucidar ni un solo momento más allá de los últimos diez minutos de clase vespertina en la facultad de letras, donde anotaba desganadamente apuntes que no leería. Verónica desesperaba por solucionar el dolor que Baltazar podría estar sintiendo en esa calle fría, buscaba la ayuda de alguien sin saber que todo lo que ocurrió era irreversible, como todo. Su compañero ya no sentía ni recordaba las charlas y atardeceres con su tío a la hora de la merienda, las gargantas cerradas por impotencias de amores fallidos o las anotaciones que escribía en los márgenes de los cuentos de Salinger. Todo era una ominosa sensación de viento, velocidad y humo.

Había cruzado el acceso oeste cuando empezaron los primeros bostezos. En su moto Honda Wave 110S, las vibraciones del motor de bajo cilindrado lo mantenían algo despierto. Pero el Malboro que lo había relajado antes de salir (de escapar) le empezaba a valer un fuerte vacío en el estómago que le recordaba que seguía sin comer esa noche. Los oídos, ya descubiertos y fríos por la fricción que el aire le generaba por no llevar casco, le empezaban a zumbar con sonidos agudos y en multitud, provenientes de lejos. Pensó que debía ser el hambre o sueño. El cansancio empezaba a hacer estragos en su equilibrio y en la firmeza de sus manos contra el manubrio que temblaba tanto como las manos frías (y ya azuladas) de Esteban.

Cada kilómetro recorrido se hacía cada vez más peligroso, tambaleante y somnoliento. Cada vez se hacían más recurrentes esas visiones de risas y atardeceres que sentía ajenos a todo lo que podría haber vivido alguna vez. Ya no recordaba si había consumido alcohol, drogas, si había dormido o comido, si pertenecía a la comuna de Libertad o si tenía que seguir haciendo lo que hacía para alimentarse todas las noches. No recordaba siquiera si había vivido o si estaba vivo, tampoco le importaba. Hubiese sido algo completamente normal para el esa noche sino hubiera sido por el hecho de que cada vez más esas luces naranjas se le empezaban a asemejar a ponientes en un patio de una casa que en sus sueños anhelaría poseer, a veladores a la medianoche y fogatas. Desequilibradamente los zumbidos se afinaban a gritos cada vez más claros y el vacío en su estómago en una sensación cada vez más caliente y profunda. Tan profunda que le quitaba gradualmente el aire, y le devolvía recuerdos y sentimientos que no sabía que tenía.

Las mismas luces naranjas que están en la autopista alumbraron en la madrugada a los cuadernos y anotadores que los periodistas usaron cuando llegaron a la localidad de Ituzaingó entre las calles Rivadavia y Pueyrredón. Había tres noteros y reportaron que un estudiante falleció de una apuñalada tras ser asaltado. La noticia se reportó en dos o tres medios sin mucha precisión.

La que sí pudo recordar con precisión y recordará trágicamente por el resto de su vida fue Verónica Úbeda, quien inútilmente trató de parar la hemorragia de su compañero. Una hemorragia que le dejó las manos tan rojas y calientes como el sentimiento de finitud. Un sentimiento que luego se transformaría en asombro al ver que en las noticias de la mañana siguiente un motociclista fue hallado sin vida debido a que un repentino desvanecimiento le había valido un trágico final en el acople de un camión Mercedes-Benz en plena autopista. Apagó el televisor indiferentemente y se puso el único vestido negro que tenía. Luego simplemente fue a comprar flores que estarían en soledad al lado de un mármol frio y al lado de la nada.

Vigo

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