mobile isologo
search...

La mutilación de la metáfora: Qué hacer cuando la muerte ya no es metáfora

Mar 13, 2026

70
La mutilación de la metáfora: Qué hacer cuando la muerte ya no es metáfora
Start writing for free on quaderno

La mutilación de la metáfora: Qué hacer cuando la muerte ya no es metáfora

Milagros Gomez

Imagen por Davil Nabil

Cita:

“Debajo de la tierra, donde no resopla el suspiro, sus latidos no están. Sus uñas no se hallan entretejidas de césped añejo: están recubiertas de cal. Se le acopló a cada pelito, y sosiego es sinónimo de ese cuerpo extraño, inerte, que solía —muy en el fondo— solía ser tu remanso. Está muerto, Milagros."

— Después de esa muerte ¿qué queda?

Esta noche hay una depravación: una naturaleza alimentándose de otra más esclava, más débil, que pereció. Están depredadoras porque lloverá.

¿Qué refugio se compone de las migajas?

No lo sé.

Intentan escarbar el hormigón. Dejan reposar el alimento que abastece a otros minúsculos insectos, arañas que ya han evacuado el tejido… menos a las hormigas.

Morirán en la noche.

Las observo en una ventana decadente. Sobre su textura, una nebulosa y rayones que añejan el vidrio. Las gotas las aplastan. Sus patitas se alzan, se les aprisiona la cola; se ahogan en mares no más grandes que una uña mía.

Me dan pena, siendo arrastradas por una marea poco más profunda que una pisada en punta de pies. El agua las deporta fuera del balcón y, al primer chirrido del tiempo —el primer gran estruendo nocturno que las alumbra—, sus cuerpos de luciérnagas colapsan en el piso de abajo.

Pero más interesante de ver me parecen las gotas, cuando se componen de otras y alimentan una muerte y una vida: la de las hormigas, y la planta que se mece encima de la tumba de mi perro.

Es entonces cuando sueño.

Cita:

“Lo sabías. A contrarreloj contabas las noches; la muerte te escalaba y tejía su maraña debajo de tu dermis. Las patas de la araña, con centenares de fibras escalando tus tejidos: una capa fina de piel de gallina, gélida por el aire artificial. Porque esa ventana que daba al exterior, al patio, no se abría cuando sondeaban el cielo las sombras. Enfrente él yace enterrado. Ahora. Ni antes ni después.”

Tal vez así, desde temprano, se sienta la familia de las hormigas que han fallecido.

Mi mañana ocurre en la escena del crimen. Me recuesto sobre el mismo hormigón: ásperos salen mis dedos, con prescindibles granitos que se evaporan antes de pintar mi yema de tonos grisáceos. Los tiño yo más bien, con la misma cuota de indiferencia que tuve contra las que lo picaron y mordieron.

Quedó su trabajo a cuestas, pero la comida tampoco se desperdició: la araña está más gorda. Con un alba que la bendice, tejió una red más fuerte en la que han perecido algunos otros pequeños asociados a la misma agrupación.

Solo observo.

Siempre observo.

Ahí está su portadora comiéndose sus cabezas. Las antenas crujen en los colmillos de la negra. Muy pocas otras, debajo, siguen su trayecto, como si no importara.

No importara.

Y lo escucho otra vez:

Cita:

“Te estabas martirizando por esa distancia que mantenían. Te alcanzaban algunos pelitos suyos con la ventisca; y él, ensimismado en su vigilia. Realmente querías reducir espacio, invadir su campo, tensar la magnitud del tiempo para que te perteneciera su vida, justo en ese momento.”

Un mismo monólogo mal sonado, creyéndose digno de transformarse en botánica literaria.

Son solo metáforas.

Metáforas.

Me caló tan dentro ese término que hasta incineré mi dermis con el agua del mate. Y, de paso, logré matar a más de una: pequeñas entrometidas que comenzaban a escalar mi talón.

Casi como una

“Analogía del mate mientras lo tomo”

Solo en la punta
de mi lengua,

una bombilla.

Mi saliva,
los segundos
vírgenes
antes de la succión.

Siento el hervor.

Quiere salir
de mis ojos
la sangre:

venosa,
pero minúscula.

Deliciosas,
ínfimas venitas
pegadas a mis ojos
que se desangran,
llorando.

Mi lengua,
agrietada,
conduce pequeños caminos.

Abre paso a la muerte
en forma de térmica.

Nace una nueva plantita:
la del nulo gusto
y el placer
de quemar mis dientes.

La succión
termina en ruido
cuando la última gota
deja desierta la yerba.

Ahora es parte
de mí,
de mi garganta.

Neblinosa, mi vista
ve partículas,
ve un pequeño césped.

El agua mata
a la hormiga,
esclava de una gota
atrevida:

la que la alcanzó.

Yo mato a la manzanilla,
al boldo,
al remedio
contra lo que duele
más allá del tubo digestivo.

Me duele hasta el alma.

Y yo
solo asesino.

Por suerte,
el mismo procedimiento
me toca.

Primero,
una calcinación
de mis huesos.

Una gota
que me alcanza.
Un disparo.

Una lluvia hirviendo,
un ahogo
en aguas turbias,
amarronadas,
agrietadas como la lengua.

Una succión final
de bichos,
de larvas.

Sin ruido final.
Solo un apagón.

Un cuerpo
que se desecha
como la yerba
de un mate.

¿Hace cuánto tiempo dejó de ser una metáfora?

Soñaba con mi perro cada día. Y afrontaba dos dolores al mismo tiempo: ambos me infectaban cada tanto.

La ceja me ardía, y en su poda milimétrica un granuloma sobre la flecha de mi piercing. No importa el cuidado: solo el colapso, el momento cuando removí la piel de un golpe. Nunca más la pieza se sintió plena dentro mío.

Quería deshacerse de mí.

También quería dejarme.

En la noche, cuando al propósito mi almohada era su lastre, me estremecía su picor y, más abajo, el dolor no reparador de mi brazo. Pesadillas acontecían cuando el sueño parecía posarse más sobre un lecho que sobre una cama.

Y ahí estaban, sin río de por medio.

Acosándome en mis sueños.

Todo se vuelve gigante cuando en mi inconsciente toman forma: cocodrilos en agua —sin ella—; en pequeñas gotas como hormigas; en grandes monstruos caminando en una plaza conocida.

Yo siempre siendo visible.

Y entonces no despierto.

Es una

“Parálisis del sueño”

Escabrosas puntas
de un piercing,
ácidas,
al unísono del pus,

anidan la flecha metálica
que roza y se aprieta
contra una tela:

la almohada.

Debajo de mi piel,
extremos de titanio
bailan, se movilizan
en un nado de infección.

Y no despierto.

Vellos que se erizan
se adhieren al color
forestal de una ceja.

Una flora de tonos castaños.

Esa flora dispara
a todos mis vellos.
Esa fauna
rodea mi cama.

No son las goteras de pus.
No es el titanio
el que apretuja mis huesos.

Es el pantano
que huele a carne podrida:

la mía.

La que se tensa
entre sus dientes
de plata:

Son cocodrilos,
majestuosos bichos
al unísono turbio
de las aguas del cuarto.

Y no despierto.
No hay estruendo
en mis ojos.

Son blanquecinos,
como los huesos
que se reparten
en el agua,
en mi cama.

Escamas que giran
con mi cuerpo,
que bailan.

Gélidas puntas
de un piercing
que confundo,
siempre,

en mis sueños
con mi parálisis.

Los cocodrilos:
granulomas
que nunca terminan
de supurar.

¿Podré resultar ser yo la hormiga?

La que escribe para algo más grande que sí misma.

Para cerrar un ciclo.

Tal vez no sea el orden natural de las cosas.

Tal vez solo esté presenciando

la mutilación de la metáfora.

Bibliografía:

Monólogo: Después de la muerte ¿qué queda?.

Poesía: "Analogía del mate mientras lo tomo" y "Parálisis del sueño" provenientes de la serie de poemas "Flora y Fauna".

Por Milagros Gomez

Milagros Gomez

Comments

There are no comments yet, be the first!

You must be logged in to comment

Log in