Vi a mi muerte nacer; mi infante la acogió en su desgarro.
Le di calor con mi carne, untó su hogar en mi piel.
Reposó en la alcoba de mi sepelio, cremó mi llanto funesto.
Cuando me eclipsa su pesadilla, las estrellas penan mi vigilia.
La luna llora como el silencio, su luz me eterniza, pero no me salva.
No me aguarda,
La vida no ampara a quien ya no vive.
Y no exuda resurrección mi vergüenza,
ni mi cruz resiste a la sangre de una infante.
La existencia no me atesora;
No rige un perdón que deleite a la condena.
Su pésame vuelve putrefacto al remanso,
allí donde se reescriben las letras de mi alma.
Ellas viven porque temo,
el terror siente porque hiero;
siempre corto al recuerdo,
con el filo de un abusador.
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