Qué extraño, qué curioso es verse morir.
Crónicas marcianas - Ray Bradbury
Ocurrió en la ciudad de las diagonales.
Benjamín salió a jugar con sus vecinos. Eran más grandes que él, por lo que inherentemente se volvían los mayores a cargo de la expedición. Conformaban un corpus de pequeños salvajes que ya no abundan en el tan cambiante presente. Niños que salen a jugar a la calle, sin celulares o dispositivos devoradores de mentes, ajenos al paso del tiempo.
Fue horas después del mediodía que Benjamín se perdió.
Primero iban a recorrer el barrio, hasta por fin llegar a la casa embrujada. Bueno, no sabían a ciencia cierta si estaba embrujada, pero tenía toda la pinta. Un hogar olvidado. De esos que cada ciudad tiene y nadie se preocupa por derrumbar. Benjamín se alegraba cada vez que la visitaba. Siempre iba con el corazón en la boca, implorando que siguiera en pie. Pese a su corta edad, se daba cuenta de cómo solía funcionar el mundo de los adultos. Personas altas y serias que tenían poco tiempo a su disposición. Propensas a deshacerse de lo viejo, de aquello que no servía más en el ahora.
Papá y mamá no podían ir a buscarlo a la escuela, y los fines de semana no le prestaban atención. Siempre, siempre, siempre estaban ocupados. Por eso, cada aventura por el barrio se volvía una salvación para la tierna soledad de la infancia.
Empezaron a correr. Las piernas de los otros chicos superaban la fuerza y velocidad del pequeño chico. Cada vez que avanzaban en grandes zancadas, él se quedaba atrás del reino de la niñez. En esos momentos, un miedo helado tomó poder de su cuerpo. El día se volvió más frío, y las risas de sus amigos comenzaron a desvanecerse en el aire. Gritó, implorando que lo esperaran, que no se alejaran, que no lo abandonaran. No hubo respuesta.
Pasado cinco minutos, asumió que se había quedado solo. Miró hacia sus espaldas. No recordaba el camino de vuelta. Nadie transitaba por las veredas. El silencio de la tarde gobernaba el ambiente. Continuó caminando por inercia hacia adelante. Su abuelo solía decir que todos los caminos llevan a Roma. Nunca había llegado a entender el dicho, pero en ese momento comprendió que su Roma era la casa embrujada.
Dobló por las esquinas. Caminó y se devolvió por varias calles. Nada que conociera. Sentía que había ingresado en otro mundo. Uno desconocido y, pese a su quietud, peligroso. Quería llorar, pero ninguna lágrima brotaba de sus inocentes ojos. Intentó llamar a los chicos una vez más, sin obtener respuesta alguna. Hasta que la vió. La única señal que conocía de aquel enorme laberinto urbano. El cartel de una de las calles. Debían ser dos, pero uno de ellos había sido arrancado tiempo atrás. El que seguía allí mostraba un número borroneado pero legible. 62. Una cuadra más a la derecha y allí estaría la casa de las pesadillas. Caminó con paso acelerado hasta que por fin llegó.
Se alzaba imponente, dueña de toda una manzana completa. Derruida y arruinada. Sus ventanas tapiadas parecían ojos entrecerrados, observando lo profundo del alma. Su puerta abierta invitaba a entrar. La vegetación se había vuelto dueña y señora de sus paredes. Benjamín se quedó mirando por un largo rato. Quizá, se decía, si sigo acá por mucho tiempo alguien vendrá a buscarme. Pero no fue así. Pasaron diez minutos y la situación seguía igual. Un cuerpo pequeño mirando fijo al castillo del vampiro; o quizás una bruja. Le pareció ver una silueta en la puerta de entrada. Una figura humana que se fundía con la oscuridad del interior de la casa. La mano blanca del misterioso individuo emergió de la penumbra y, en gesto de siniestra amabilidad, le pidió a Benjamín que se acercara, que ingresara a su reinado de sombras. El chico no lo pensó ni un segundo. Salió disparado en dirección contraria. Alejándose de la perdición.
Se halló a sí mismo en una diagonal. Debo estar muy lejos de casa, pensó. Y, en efecto, lo estaba. Recordó que era domingo. La calle se encontraba vacía. No recordaba haber estado ahí antes. Se preguntó varias veces, mientras caminaba sin rumbo, si en verdad seguía en la misma ciudad que lo había visto nacer. Locales de ropa con las persianas bajas, semáforos intermitentes que no señalaban ni avances ni frenos. Silencio, completo silencio.
Llegó hasta una plaza. Varias carpas se encontraban desplegadas por el pasto seco del lugar que alguna vez supo ser verde oscuro. Se trataba de una feria. Deambulo por las galerías de la misma. Dentro de esos puestos blancos se dejaban ver hombres y mujeres. Taciturnos e indiferentes a la presencia de un niño tan pequeño sin compañía adulta. Los objetos en venta llamaban su atención. Libretas de colores, vasos, botellas de brillantes tonalidades. Cosas que jamás necesitaría, pero realmente quería. Llegó a la última carpa. Se encontraba solitaria al fondo de todo. Una anciana desgarbada estaba tejiendo un pulover junto al pequeño puesto. Vió llegar a Benjamín y sonrió.
—¿Qué hace un chico tan lindo como vos solo en este lugar? —dijo la mujer.
—Me perdí —contestó Benjamín.
—¿Y dónde están papi y mami? ¿En su hermosa casita?
—Creo que sí
—Pobre, hijito… Ellos no van a venir a buscarte. —dijo la mujer, ahora con una sonrisa extraña. Demasiado ancha, con unos dientes amarillentos y oscuros, llena de perversidad.
Benjamín miró a sus costados. El resto de los comerciantes empezaron a salir de sus carpas. Se aproximaban a él. Contemplándolo, sintiéndolo, deseándolo. Volteó nuevamente hacia la señora. Esta había cambiado. Su pelo, anteriormente gris y tupido, ahora solo consistía en escasos mechones blancos, dejando ver su cráneo repleto de manchas negras y gruesas. Ojos ciegos y nublados por una cortina de humo dentro del iris. Pérfidos por naturaleza.
—Volvé a casa, antes de que la noche caiga. Un nene tan bonito no debe perderse en la oscuridad. Ahí se esconden los monstruos… y les encanta la carne joven.
La vieja comenzó a reír. Sus carcajadas se asemejaban a los graznidos de un cuervo. Benjamín dió media vuelta y huyó corriendo por la galería. Los fantasmales comerciantes intentaban apresarlo, a medida que él los esquivaba atropelladamente. Nunca había sentido tanto miedo en su vida. Las pesadillas nocturnas quedaban hechas trizas al lado de lo que estaba ocurriendo. Salió de la plaza y desembocó en otra calle desconocida. Ya casi anochecía y el niño seguía perdido.
La oscuridad es blanda. Se camufla sobre el pavimento, los ladrillos, el metal, deformando cada línea y circunferencia. Benjamín lo sabía. Una vez terminado el crepúsculo podía ver aquella magnífica, e inquietante, masacre visual, emergiendo desde la ventana de su cuarto. La negrura auguraba peligro, y si las cosas ya marchaban mal, encontrarse frente a las tinieblas en medio de la calle sería peor.
Había muerto el sol. Algunos rostros pálidos lo miraban desde las ventanas de los edificios. Lo llamaban. Le prometían refugio en sus cuevas. Benjamín comenzó a correr, sin rumbo, tapándose los oídos. Pero, muchas veces, el silencio puede ser ensordecedor.
El olor lo guió por la ciudad de las penumbras. A medida que las sombras se acercaban, el aroma de su cama lo arrastraba hacia el cálido hogar. Vió siluetas, brazos, manos, piernas, cabezas, presencias, apariciones. Querían adueñarse de su frágil cuerpo. Corromperlo por completo. Entonces, comprendió que ya no era el mismo. El mundo de los mayores se regía por reglas distintas a las suyas, y si quería salir ileso, debía adaptarse.
Abrió la puerta de casa. Mamá y papá seguían con lo suyo. Indiferentes a él. Se recostó en el suave colchón que lo había acompañado por tantos años y soñó una última vez. Despidió a la niñez con un beso de lágrimas y cerró la puerta de la infancia para siempre.
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