Diminuta existencia que camina ahora, desapercibida,
sobre el cristal de un autobús.
Acaricia con sus patas el cristal sin distinguir
el material dónde
se posa.
Ella vive libre de calamidades, pues no conoce a quiénes
arrancan su libertad; y,
aunque sí es conocedora de peligro,
no es consciente de su magnitud.
Sus alas revolotean ágiles ante la enorme mano que busca arrebatar su vida.
¿Por qué lo hace? ¿Ignorancia? ¿Necedad? ¿Valentía?
En realidad, no somos distintos a este insecto.
Contamos con un raciocinio impropio de otros seres y, sin embargo, solemos ignorar la peligrosidad que el mundo alberga; no por falta de miedo, si no de interés.
Somos toscos en pasión, e ignorantes como las moscas.
Y esto nos hace humanos.
¡Cuán curiosa es la existencia,
que nos hace hermanos de un ser minúsculo
al que tratamos con condescendencia,
y resulta ser que igualamos
en existencia
a la dichosa mosca!
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