Hay días en que la casa recuerda cosas que yo ya había olvidado.
Una taza apoyada en cualquier parte, el ruido de un bastón contra el piso, la luz de la tarde entrando torcida por la ventana de siempre.
Entonces ocurre.
Algo se mueve apenas en el borde de las cosas.
No es una voz, ni una sombra, ni siquiera un recuerdo.
Es más bien una manera distinta de quedarse mirando el mundo.
Como si alguien hubiera dejado los ojos abiertos dentro de mis ojos.
Y de pronto entiendo por qué algunas ausencias pesan más de noche, por qué ciertas canciones parecen llegar desde tan lejos, por qué el tiempo insiste en doblarse sobre sí mismo.
Hay nombres que ya no pronuncio.
No porque duelan.
Sino porque viven mejor en el silencio.
Ahí donde todavía existe una mesa que no fue levantada, una conversación que no terminó nunca, una puerta que sigue esperando a quien sabe que no va a volver.
Y sin embargo,
qué extraño,
a veces la tristeza se distrae
y por un segundo
todo parece estar exactamente donde debería.
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