Todo empezó tan ingenuamente,
un día cualquiera, pero no tan cualquiera,
de esos que el corazón guarda en rincones olvidados,
y el tiempo, en su juego cruel, desempolva.
Una charla, unas risas, y de repente,
la magia tomó forma.
Y ojo, que no soy mago,
pero vos sí:
con tu don, o al menos eso sentí.
Se volvió todo tan genuino,
como encontrar alivio en medio del caos,
la respuesta que buscás en un examen eterno,
el checkpoint que te salva de la caída en algún juego.
Vos fuiste eso:
un refugio cuando el mundo era cruel
o yo era cruel con el mundo.
Pero hasta la magia más pura se desgasta,
y darlo todo sin recibir
es el truco que más cansa.
Intentamos, fallamos,
volvimos a intentarlo,
pero la magia ya no tenía fuerzas,
y lo que construyó
cayó al vacío,
sin red,
sin final.
Todo terminó tan ingenuamente
como comenzó.
Con discusiones que abrieron grietas
y palabras que dolieron como hechizos rotos.
Hoy ya no creo en la magia.
Pero creo en vos.
Porque al final la magia eras vos,
tu risa que achinaba los ojos,
tus palabras, un arte
que deslumbraba a cualquier público,
por más hostil que fuera.
Y me devuelve la fé.
Seguí maravillando al mundo con tu esencia,
y ojalá, en algún acto futuro,
me toque ser el dichoso espectador
de tu magia,
una vez más.
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