Te juro, querido amigo, que nunca esperé tal profanación, tal burla a las leyes naturales que todos conocemos y por las que todos debemos vivir estemos de acuerdo o no.
Hace seis días atrás... ¿o fueron tres? O tal vez han sido años.
Perdona mi confusión, es que mi cerebro ya no distingue el tiempo como antes lo hacía. Como podía hacerlo antes de... la lluvia.
Había ido a vender mis últimas pieles y algo de carne al mercado como tantas veces lo hizo mi padre en el pasado. Sin saberlo entonces, Rehlko, regurgitó de su vientre negro y ominoso la prueba impía de que en estas tierras se mueve algo mucho más oscuro y antiguo. Algo que tiene su propia voluntad la cual es inexorable, innegable y que ha proyectado su negra mano sobre esta ciudad para llevarla a cabo. Te juro, mi amigo, que mi corazón se paralizó cuando en la plaza vi... al fantasma de un hombre.
Solo que este, no era un espíritu perdido en el éter que solo se hace visible en castillos abandonados y olvidados por el tiempo; cuando los rayos azotan el cielo nocturno y arrojan luces ominosas en las esquinas oscuras de la piedra.
No, este fantasma era visible allí a plena luz del día y hubiera sido visible en las ruinas más penumbrosas que pudiesen existir. Y este fantasma era visto por todos a su alrededor. Y algunos lo reconocían, tal vez por historias, por anécdotas, o por pinturas colgadas en los salones de la ciudad.
En mi caso, mi querido amigo, yo reconocí a este fantasma por un busto de mármol que había visto reiteradas veces en mi niñez, el mismo busto que ahora se alzaba a mis espaldas, frente a la puerta del mercado. Solo que este era de mármol, y el fantasma frente a mí era tan real como yo y como la señora Richmond, y como el viejo Ludwick lo fue en su momento. Porque este fantasma, no era tal; estaba vivo, de alguna forma imposible y, pese a los tantísimos años que habían pasado desde que se embarcó en una travesía marcada por la tragedia, el hombre en medio de la plaza que caminaba descalzo, ese hombre era Roderick Guilehart.
Y así fue como en un momento, el destino de Gethmar quedó marcado por la condena —la maldición— que el fantasma de Guilehart había sido enviado a presagiar, como un heraldo de muerte usando el último suspiro de su alma y por obra de algo tan oscuro y profano que no cabe en las leyes del mundo que conocemos.
De repente, el hombre ascendió a la plataforma en medio de la plaza, y el silencio se hizo insoportable. El aire se espesaba, pero no por la humedad en él, sino como si de la sangre de una presa que empieza a coagularse se tratase. Un aire que no era tal, que no pertenecía, al menos, a este mundo.
Una sustancia corrupta que se colaba por los bordes de la realidad cambiando todo Gethmar a su paso, convirtiéndolo en... otra cosa. Convirtiéndolo en el hogar de algo desconocido. Algo que no hemos visto nunca, —al menos en nuestra realidad tan sesgada por las limitaciones de la física— algo que contradice todo el conocimiento que tenemos los mortales... tan simples, tan frágiles como lo somos.
Los pasos arrastrados, subían la escalera de roca que ascendía al centro de la plaza, dejando tras de sí húmedas huellas que desprendían el olor de las algas en descomposición.
Cuando estuvo arriba, Guilehart, habló con una voz temblorosa que parecía provenir de las profundidades de un abismo desconocido. Empezó a entonar palabras impías en lenguas antiguas, vocablos profanos que nadie entre la multitud podía comprender. Sus ojos se movían de manera frenética mirando todo a su alrededor, pero al mismo tiempo ignoraba la existencia de un público que, horrorizado, se había paralizado ante tal imagen.
Aquellas sílabas, cargadas de un conocimiento arcaico y prohibido, resonaban en el aire como un eco de condena. Los murmullos y ruidos entrecortados atravesaban la ciudad entera. Se oían en cada rincón, mi querido amigo, lo supe entonces y lo sé ahora. La boca del hombre se movía en una mímica casi impoluta, pero... las palabras.
Aquella tertulia impía que se oía en todo Gethmar, esa voz... no era la voz de Guilehart. ¡Era el viento quien se hacía oír sobre toda la ciudad! ¡El viento y las piedras, los árboles! ¡Incluso los bustos de mármol a mi espalda parecían mover sus frías bocas selladas!
Era todo, amigo mío.
Era como si toda la ciudad estuviese imbuida de una vida que no le era propia. De algo impío y terrible que nunca estuvimos preparados para presenciar.
Entonces, en medio de ese murmullo ininteligible, cuando todas las voces habían colmado el lugar uniéndose en una sola, Guilehart pronunció con claridad, en un tono horrible y quebrado por un terror ancestral. Una voz que no era una, sino un coro profano.
Fue ahí cuando Guilehart dijo, con sus mil voces que no le pertenecían, una única frase en una lengua conocida por todos:
—Estamos condenados.
En ese instante, algo se quebró en él. Sus ojos, antes vacíos de brillo, comenzaron a desbordarse de un líquido espeso y asqueroso. Era tan denso que salía lentamente de las cuencas hundidas y bajaba por su cuerpo, como si de un río carmesí se tratase, derramándose sin control. No era sangre —al menos no la sangre que uno espera ver; la misma que brota de los hoyos abiertos por los perdigones sobre el pelaje—; era sino, una sustancia viscosa y repugnante. Emanaba de su boca, de su nariz y de sus oídos.
El rostro del hombre se transformó en una máscara de horror que, incapaz de sostenerse, cayó arrodillado sobre la piedra.
Fue entonces cuando un sonido indescriptiblemente horrible, una vibración ensordecedora, atravesó todo el pueblo.
La gente se cubría los oídos, tratando de resistir aquella sinfonía de condena; y algunos, incapaces de soportar tal intensidad, sucumbieron al desmayo. Las calles, paredes y cúpulas vibraban como si la tierra estuviese convulsionando luego de escuchar las profanas profecías de Roderick.
De los muros caían piedras y polvo mientras pedazos de las estructuras sucumbían al temblor.Mas allá de la plaza y al otro lado de la calle se erguía la cúpula de la iglesia, que había mirado todo en solemne silencio, y ahora resistía aquellos sucesos.
Aguantaba de tal forma que parecía que Dios, nuestro Dios, estuviese luchando contra aquella fuerza desconocida en una batalla invisible a los mortales. Una batalla colosal entre el cielo y aquello que se cernía sobre nosotros.Así fue que, mientras algunas personas salían de su estado catatónico y empezaban a correr, la cúpula se derrumbó. Y sobre el suelo de la entrada de la iglesia, como una negra profecía, pude ver cómo la carne macerada de Dios, caía rendida. Solo que esta, no era la carne que conocemos, sino la cruz destrozada que antes se alzaba en el punto más álgido de la cúpula del templo.
Yo, mi querido amigo, no pude quedarme inmóvil. Corrí hacia mi refugio, ese altillo sobre la tienda de la señora Richmond, que se había convertido en mi única protección.
Cerré con llave la puerta, esperando que eso mantuviera fuera aquella visión dantesca y, con el corazón latiéndome en la garganta, asomé mi rostro por la ventana... la misma ventana desde la que, hoy, vigilo la plaza.
Allí, con el horror grabado en cada fibra de mi ser, pude ver el cuerpo de Guilehart, postrado en una pose de súplica perpetua, de rodillas sobre la piedra.
De pronto, el temblor se detuvo.
Continuara...
Este y los demas fragmentos pertenece a uno de los relatos de mi libro :
"La mancha en el espejo y otros horrores"

Escritora Curseada
Soy una escritora que explora los géneros de terror cósmico, gótico y psicológico. Darkness lover. Estoy por publicar mi primer Libro! "La mancha en el espejo y otros horrores"
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.

Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in