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La lluvia sobre Gethmar | Parte I

Jul 1, 2026

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La lluvia sobre Gethmar | Parte I
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Ciudad de Gethmar, 16 de agosto de 1805

Espero sepa perdonar, a quien estas páginas en cuentren, si es que alguna vez son encontradas, por mi falta de conocimiento en el fino arte de la escritura.
Lamento informarte, querido lector, que mi profe sión no se ha tratado jamás de crear obras literarias, sino de la precisión necesaria para detener el corazón de una presa en la forma más rápida posible.
Trabajo que, para mi desgraciada suerte, ha sido de una utilidad crucial para retrasar los fatídicos he chos que a continuación, y haciendo uso de mi triste y amohosada creatividad, intentaré relatar.
Y es que ya nada más queda por hacer cuando ocurren hechos de tal calaña y horror, que a simple vista parecerían inenarrables.
Mi nombre es Lucio Moldrick y aquí, en estos tro zos de húmedo y descuidado papel que he encontra do bajo el catre donde llevo días sin dormir; mien tras sostengo en mi mano derecha el rifle que me ha acompañado durante tantas cacerías en el pasado, y una pluma improvisada en la otra, me dispongo a na rrar mi historia y la de Gethmar que ha sido mi hogar por 33 años, y que poco a poco se ha ido convirtiendo en mi sepulcro.
Recuerdo como si fuese una memoria distante, cuando el sol aún brillaba sobre aquella, mi ciudad, acariciando los tejados abovedados y los campanarios que alzaban sus puntiagudas torres hacia el cielo.
Recuerdo la calidez de aquella luz provista por el astro rey y cómo, entonces, la vida de todos transcurría con normalidad.
Yo, que siempre fui un hombre de razón y preciso en mi oficio mortal, jamás imaginé que llegaría el día en que tendría que luchar no contra animales u hom bres, sino contra el mismo destino que, con su voz ominosa, tomó prestado mi oído para susurrarle du rante más noches que las que me atrevo a pronunciar el fin de todo. Un destino que me avisa que pronto yo no seré más...
O tal vez... y ya no lo soy.
Tal y como le sucedió a la señora Richmond, quien me arrendaba este altillo donde he vivido durante va rios años ya.
Mi mente, mis recuerdos convertidos en fango han sucumbido a sus impíos designios. Me hacen creer que aún tengo algún tipo de voluntad propia y que puedo elegir escribir estas memorias, moviendo mi mano sobre el papel de formas imposibles... pues ya no me pertenece.
Pareciera que hubiesen pasado siglos, meses... Años...
O, tal vez, el mismísimo Dios del tiempo predijo lo que iba a ocurrir y, asustado, decidió acelerar su marcha tratando de huir, pero ha sido en vano.
¿Sería posible que por eso me es tan lejano el re cuerdo de la vida normal como la conocía?
Es de esta forma que, en mi última cacería, en tre la tinta de mi confesión y el eco de los disparos menguantes de mi rifle, iluminado por solo el reflejo carmesí de la lluvia que no es tal, que me entrego a relatarte a ti, lector desconocido: cómo Gethmar, mi ciudad, se ha hundido en este abismo de terrores que escaparían a la compresión de cualquiera...
Cómo, poco a poco, con cada bala disparada buscando retrasar lo inevitable, perdí no solo a mi gente sino a mí mismo.
Gethmar se encuentra situada en medio de una imponente cadena montañosa cuyos picos escarpa dos parecen custodiar el legado de épocas olvidadas.
En su centro, esta cadena abraza las construcciones señoriales, legadas por nuestros antepasados, que se alzan con austera solemnidad contando, con sus arcos y bóvedas, historias de gloria y progreso de tiempos pasados.
Las calles empedradas de Gethmar se extienden si nuosas a lo largo de la meseta, serpentean entre templos, casas y despensas que hoy se sumen en sombras, pero antes fueron iluminadas por farolas de citrina luz; algunas de ellas luego se pierden en la oscuridad de los boques y otras encuentran su fin en Rethko.
Este lago, de nombre imbuido en creencias anti guas, fue bautizado así por los indígenas quienes, en su tiempo, vagaron por los densos y bastos bosques de pinos y robles en las montañas donde otrora cazaron y fundaron sus asentamientos.
Rethko, con sus aguas oscuras, quietas y profundas, se extiende mucho más allá de lo que el ojo humano puede ver hasta convertirse en mar.
Es por eso que los Inkhi cuentan que, dentro de sus aguas, Rethko guarda oscuras profecías y leyendas heredadas a ellos por Dioses paganos, que escapan a mi conocimiento.
Me pregunto si alguno de los Inkhi vive aún.
Me gustaría saber si habrían tenido conocimiento de los horrores que azotarían la ciudad.
Allí en las cuevas socavada, ocultas entre el follaje verde oscuro de los bosques, con sus bocas de piedra y sus negras gargantas que se abren camino profundamente en las entrañas de los picos montañosos, ¿es posible acaso que estuviese allí, una oscura profecía tallada en los muros?
Mucho antes de que Gethmar existiese, mucho antes de que llegasen nuestros primeros colonos. Profecías y advertencias que relatasen de deidades inefables, primigenias; seres en extremo más vastos que el Dios al que hoy nosotros rezamos, desconociendo la existencia de fuerzas y conciencias antiquísimas e infinitamente omniscientes. Un grito del pasado que auguraba el horrido destino de Gethmar, pero que fue desoído por todos y sellado por cañones humeantes.
O más terrible aún. ¿Serían ellos, en su venganza hacia nuestros antepasados, quienes enviaron esta calamidad que nos ha ido menguando uno a uno? ¿Así como los fundadores de Gethmar lo hicieron con su pueblo?
Una venganza que ha logrado traspasar generaciones haciendo uso de las almas en pena que se ocultan tras los robles y en las piedras del bosque.
Mucho se ha hablado a lo largo de los años sobre la relación del pueblo Inkhi con Gethmar, de cómo, en algún momento, se vivió en armonía.
Lamento decir que no llegué a presenciar dichos tiempos. Pues muchos, muchísimos años antes de mi nacimiento, ocurrió algo terrible, algo que solo se cuenta de boca en boca y se fue convirtiendo en un mito, una leyenda, una justificación.
Tal vez para darle sentido a la enemistad con los Inkhi. O al menos eso creía yo. Eso creíamos todos...
A veces me siento en esta interminable noche y observo por la ventana más allá del altillo, más allá de la escalera, tras las torres picudas y los muros de oscuro concreto, y observo en silencio. Miro mucho más lejos de las columnas ornamentadas y los arcos que rodean la plaza bajo mi ventana.
Y entonces veo allí en la montaña, a intervalos, luces, como de fogatas.
Imagino que serían los Inkhi bailando danzas profanas en celebración de que pronto esta, su tierra, volverá a ser suya como siempre fue, como siempre será.
O acaso serán los fuegos fatuos que sus almas han dejado atrás y que, de alguna forma, esperan expectantes el inminente final.
He vivido en este lugar desde que tengo memoria, querido lector, y nunca he salido de esta ciudad, como mucha gente lo hace. Somos animales de costumbre los hombres, ¿no crees? Esa es mi idea, o al menos es lo que me fue enseñado por mi padre cuando niño. Recuerdo sus palabras como si fuesen mías.

«Donde encuentre un plato de comida, un fuego amigable para pasar las noches de frío y un rifle para cazar, es allí donde está mi hogar».

Y así fue como sucedió en Gethmar.
Verás, mi confidente desconocido... mi único confidente. Mi familia y yo jamás pudimos pertenecer a la alta alcurnia de Gethmar. Vivíamos primero a las afueras, casi al pie de la montaña. Nuestra humilde cabaña había sido construida por mi padre cuando llegó allí y luego al desposar a mi madre ella se mudó con él. Las paredes de tronco tenían un aroma característico que se mezclaba con la brisa que llegaba desde el lago. Un aire helado cargado del olor de las algas y el barro.
Fue mi padre quien decidió que yo debía aprender su oficio y, es por eso que a los siete años, comenzó a llevarme junto con él en sus excursiones por la montaña. En dichos viajes aprendí el negocio de las pieles y las carnes que vendíamos al mercado para subsistir a duras penas.Pasábamos tanto tiempo en la montaña, rastreando, capturando, poniendo trampas y observando nuestras presas desde detrás de la mira de nuestras armas, que no nos percatamos de que la muerte, expectante como siempre está, lentamente apuntaba el cañón de su rifle insaciable y despiadado, que todo alcanza tarde o temprano, hacia su próxima presa.
Fue entonces como, con el tiempo, mi madre enfermó, y nuestro oficio, si bien ponía comida en la mesa, no alcanzaba a generar dinero suficiente para poder comprar las medicinas.
Luego de interminables jornadas de cacería, buscando carne de alce, ciervos o incluso jabalíes salvajes; que eran los más preciados, jornadas que se extendían a veces por días mientras yo me quedaba cuidándola... viéndola poco a poco, perderse en una danza de oscuros velos con aquella dama vestida de negro que le prometía alivio y tranquilidad.
Recuerdo como el tiempo se tornaba ineludiblemente silencioso y las risas se apagaban, dejando que la fatalidad se adueñara de todo a su paso.
Pese a nuestros esfuerzos, a las noches heladas en el bosque, pese a las oraciones que quedaron en el aire, un día simplemente, mi madre, mi adorada madre no despertó de la siesta que solía hacer mientras la masa del pan reposaba.
Allí estaba mi madre, con una expresión serena, apacible. Como si durmiese un sueño eterno del que nunca se despertaría.
Oh, pero qué tontos somos todos al temerle a la muerte. Si la hubieses visto allí... tendida en el lecho, sin preocupaciones, sin miedos...
Sin esta lluvia eterna que nos ha arrebatado la cordura. Sin esta oscuridad interminable que nos arrastra a todos. ¡Sin esta incertidumbre que anida en mi pecho noche y noche, porque eso es todo lo que hay desde que el sol olvidó su trabajo sobre Gethmar!
Qué envidia de los muertos tengo en este momento.
Envidia de los que descansan en sus camas de madera bajo la tierra y no tienen que ver los horrores que me tocan contemplar a mi desde mi ventana en este altillo infernal. Rodeado de los trofeos de caza de mi padre y de los míos propios. Rodeado de todos estos ojos sin vida que me observan desde los muros con profundo reproche y desaprobación.
¡Los maldigo!
¡Los maldigo a todos y me maldigo a mí!
A mí por seguir vivo, por haber aguantado tanto tiempo. Pero ya no queda mucho más y aunque ya no sé si son días, horas, meses o años, cada instante se siente eterno.
Es por eso desconocido... mi confidente, que debo continuar con mi relato. Tal vez, de esa forma, todo lo que he vivido tome sentido, o al menos pueda dar testimonio de mi horrible destino.
Verás, sobre aquella leyenda de la que te hablé brevemente en líneas anteriores, aún guardo algunas remembranzas y es importante para mí contarte.
De la misma forma en que mi padre me la contó a mí, alguna vez en nuestras cacerías, cuando nos sentamos junto al lago para lavar las pieles que habíamos conseguido. Rehlko siempre manso, siempre quieto se extendía frente a nosotros con sus aguas impenetrables y oscuras. Como si de un oyente silencioso se tratase. Uno que se deleitaba al escuchar, con oídos invisibles, cómo se contaban historias sobre los misterios que guarda allá abajo. En su lecho inexplorado, desconocido para todos nosotros.
Pocos se habían atrevido, en el pasado, a explorar las profundidades de Rethko. A buscar los legendarios tesoros que según contaban los Inkhi, en sus antigüas historias, allí se encontraban.Pocos se habían atrevido sondear los abismos ocultos bajo la espejada superficie que guardaba celosa sus arcaicos secretos.
Nadie había logrado volver del quedado remanso de Rethko que, a lo largo de todos los años transcurridos, se había cobrado la vida de cada osado explorador que decidió plantar su bandera en él.
Nadie, había vuelto...
Nadie, excepto uno.
Pido disculpas de antemano, si mi relato carece de tantos detalles como me gustaría brindarte, es que mi mente se encuentra ya adormecida.
Sin embargo, prometo que haré tanto como esté a mi alcance para brindarte una visión clara de la historia y lo que ocurrió luego.
Mi querido amigo...
Espero, y no te moleste que utilice este término para dirigirme a ti, compañero desconocido.
Es que en estas hojas, que serán las últimas que mi mano pueda escribir, creo que ya hemos llegado a tener la cercanía necesaria para llamarte así.
¿No lo crees?
¿No es acaso eso, lo que hacen los amigos?
Contar sus secretos, sus recuerdos y sus historias, los unos a los otros.
Lo más parecido a un amigo que he tenido, ha sido la señora Richmond, y ella, no conoce de mí más que mi nombre.
Pero tú, mi amigo silencioso, conoces tanto más de mí que lo que nadie ha conocido antes... por eso te he contado de mi madre, de mi padre y de los Inkhi, de Rethko y de Gethmar.
¡Te he contado todo!
Y sin embargo, aún me queda un poco más que contar antes de nuestra despedida. Entonces, cuando ese momento llegue y yo deba abandonar la pluma, me iré sin saber nada de ti... y nunca lo sabré.
Nunca podremos salir de cacería, o a tomar cerveza como hacen los amigos de verdad. Sin embargo, siento que hemos compartido tanto más en estas palabras, que lo que la mayoría de los amigos comparten en una vida entera.
Espero sepas disculpar los desvaríos de este hombre solitario. Será que no quiero pensar en mi soledad, y es que me ha acompañado más, mucho más que la señora Richmond. Mirándome en silencio, escuchando mis pensamientos... Casi podría decirse que tú y ella son uno. Pero me contenta pensar que no es así y que realmente, en esta noche interminable, tengo un amigo en otro tiempo leyendo mis palabras.
Mi padre me contó entonces, que al llegar a Gethmar no conocía a nadie excepto a un viejo de apellido Ludwick, o algo por el estilo.
El viejo Ludwick era uno de los hombres que resguardaba el antiguo puerto y desempeñaba su trabajo administrando los pocos botes que aún salían a buscar pescado en las cercanías del lago. Era un hombre supersticioso y había conocido mucho más la ciudad y su historia que mi propio padre.
De su aspecto no recuerdo mucho más que retazos del relato de mi padre: Ludwick era un hombre entrado en años y usaba una pipa que no dejaba de humear día y noche. Cuando aún se distinguían uno del otro.
El viejo le dijo a mi padre entonces, como una advertencia funesta, que todos los botes debían volver antes del anochecer y salir solo cuando el sol estuviera en su máximo punto.
«Rethko no perdona a los incautos» decía el viejo. O al menos eso me contaron a mí.
Mi padre me dijo que el viejo le contó de historias horribles, de seres abisales que acechaban bajo aquellas aguas. De dioses paganos y primordiales que antecedían a lo que nosotros creemos hoy.
Le contó que, cuando aún no había nacido, llegaron a estas tierras tres hombres de mundo. Dichos hombres se convirtieron en nuestros padres fundadores y, según Ludwick, cada uno se dedicó a esculpir con sudor y conocimiento una parte distinta de esta tierra virgen y desconocida para ellos.
Los padres fundadores eran hombres ejemplares de su tiempo, exploradores sabios y conocedores de los misterios del mundo y su funcionamiento.
Fue gracias a esto que Gethmar creció y dentro de su desarrollo, alcanzó la cúspide rápidamente.
Entre los fundadores, uno de ellos destacaba por su intrépida actitud y su deseo de aventura. «Hambre de conocer todo en cuanto pudiese ver» le había dicho el viejo a mi padre. El nombre de este hombre era Roderick Guilehart, y era un navegante de mar y espíritu indomable.Recuerdo que, de pequeño, al ir al mercado junto a la plaza de la ciudad podía ver en la entrada del mismo un atrio tallado en piedra que se erguía imponente mostrando, en sus formas, los bustos de los tres padres fundadores hechos de mármol blanco. Bajo cada uno de los rostros se encontraba una placa dorada, y en cada placa, escrito con ornamentadas letras cursivas el nombre de cada uno de ellos.
Tanto así era el deseo de Roderick de llegar donde nadie más había llegado, de acariciar con la yema de sus dedos el velo invisible y místico que cubría las tierras y aguas del lago; y romperlo, que un día, en aquellos años casi olvidados, decidió embarcarse en un solitario viaje por el lomo negro de Rethko.
El viejo le contó a mi padre que Roderick viajó solo en su embarcación. Celoso de lo que pudiese encontrar, y abriendo una herida profunda en las aguas quietas del lago con el timón de la nave.
La leyenda, según recuerdo, dice que Roderick había prometido su retorno en treinta noches. Pero Rethko, siempre atento, escuchó esta promesa y enfadado por aquel hombre que buscaba profanar su reposo perpetuo lo consumió. Lo consumió tal y como lo había hecho antes con los habitantes del pueblo Inkhi, cuando ellos ignorantes de su poder, se habían adentrado cientos de años atrás en sus canoas talladas, sobre las mismas aguas silenciosas. Antes de que ellos supieran.
Lo consumió, como consumió a todos los que osaron creer que podrían recuperar a Guilehart y se embarcaron en su búsqueda, cuando las noches tras su partida se volvieron incontables.
El viejo dijo a mi padre que la gente, en reuniones nocturnas de taberna, decía que la desaparición de Roderick no había sido obra del azar.
Guilehart era un hombre de sal, un hombre que sabía leer las estrellas y cómo ellas indicaban el camino. Jamás se hubiese perdido en su travesía. Al contrario, las lenguas curiosas de Gethmar, atribuían aquel fátidico hecho, al preludio de una maldición, a una profecía funesta; una mano negra que se había cernido sobre él el día en que dejó caer las velas para que el viento las hinchase y lo llevase a su antojo.
Se decía entonces, que no había sido el viento benevolente, enviado por espíritus protectores de quienes viajan sobre el agua, el que lo había llevado adentro y muy profundo en el remanso de Rethko. No, no había sido eso. En cambio, se decía que fue el aliento profano de un espíritu vengativo, una fuerza ancestral, una magia oscura y primitiva, que furiosa por el arrebato de las tierras a sus primigenios guardianes, sopló dentro del amarillento lino de las velas del barco de Guilehart, enviándolo al seno de su poder para castigar su osadía.
Así fue como, según Ludwick, la ciudad de Gethmar miró con desconfianza y resquemor al pueblo de los Inkhi, pues todos sabían que ellos conocían de los secretos de Rethko, de los misterios entre la vida y la muerte y las cosas que habitan entre medio. Y no era secreto, ni invención, que ellos eran hábiles conjuradores de espíritus en comunión con entidades desconocidas para los habitantes de Gethmar, sabido era que podían controlarlas a su antojo y conjurar males indecibles sobre quien no les cayera en gracia o quisieran dañar.
Fue por eso que todos culparon a los Inkhi de la desaparición de Guilehart y los apuntaron con dedos inquisidores por la muerte del mismo. O al menos eso cuenta la leyenda, mi amigo desconocido.
Pero déjame decirte que ellos nunca esperaron lo que yo vi, lo que todos pudimos ver...


Continuara...


Este y los demas fragmentos pertenece a uno de los relatos de mi libro :


"La mancha en el espejo y otros horrores"


Escritora Curseada

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