Tengo una serpiente en la panza,
la siento desde niña,
silbando despacito mientras me llena de su veneno.
Me crece adentro, serpentea,
esos días me quedo quieta,
no quiero que me vea.
Es una bestia lenta,
sabe que ya gané,
pero se ríe,
como si todo este juego
tuviera más reglas que no entiendo.
Casi no hablo,
el veneno me traba la lengua,
me arrastra hacia lo hondo,
y yo, cobarde,
me dejo ir.
Una vez soñé que podía matarla,
pero desperté con el veneno en la boca
y la certeza en los ojos:
nunca estuve viva,
no soy más que su contorno.
Y entonces, en este rincón oscuro,
sin voz, sin piel,
me pregunto,
¿para qué respiro?
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