Me aterra esta humanidad que me ancla a la colectividad.
Conozco la catarsis, las soledades fervorosas y las cartas al borde del carril.
Mi alma, ni lerda ni perezosa, es mi ponzoña.
Por cada pliegue que desmenucé para tocar el latido de mi conciencia,
hubo cántaros de sentires en mí que perecieron con desazón,
envenenados por la realidad.
—Me estropeé o, llanamente, morí—.
Me aterra esta humanidad que me ancla a la colectividad.
Me paralizan sus arraigos, sus psicologías de labia peyorativa.
Mi mundo no es su mundo,
mi corazón no es el rugir del gozo ajeno.
Si tienen el bozal a mano,
no esperarán las maldiciones de mi boca
que aten con democracia las cuerdas de mi voz.
Si el cuchillo está afilado por su morbo,
no esperará mi fe extinta ser serruchada
sin que asfixien los poros en la dermis de mi piel.
No esperaré más que terror de la animalidad colectiva.
Mi conciencia gélida sabrá encontrar matices fríos que los motiven,
pero jamás los cántaros de mis sentires empatizarán
con esta humanidad que me abandona.
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