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La Hermenéutica del Incendio Clandestino.

Feb 24, 2026

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La Hermenéutica del Incendio Clandestino.
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Ayer 

perdí cualquier resquicio de fe que tenía en la humanidad 

y este mundo.

Ayer 

me interrogaste 

con cara circunspecta y vigilante: 

“¿Crees en el amor incondicional?”

Tú, 

por sobre todas las personas.

¿Con qué audacia osas a preguntar tal necedad? 

Con ese semblante de inocencia, 

con esos ojos crédulos 

de quien no se entera del mundo asolado 

que quedó a su alrededor.


No te culpo; 

no podemos concebir 

lo que no podemos ver.

Tú siempre has tenido la mirada fija

en el vacío horizonte, 

esperando que un milagro te nombre, 

esperando que el horizonte que tanto observas 

te reconozca como suya;

implorando un auxilio 

mientras tejes redes para atrapar el viento.

Pero enceguecida por el deseo 

has obviado lo que ya te rodeaba, 

haciendo de ello una forma de habitar el mundo 

sin ser tocada.


Preferiste inventar abismos

 para justificar tu retiro,

levantando los muros de un fuerte

que solo te blindaba 

contra el mismo hálito que intentaba darte calor.


En el oleaje de mi pecho convulso 

nace un eco de júbilo ante la ironía 

de que ahora busques 

el nombre de ese sentimiento; 

cuando yo sostuve ese dialecto 

cómo incendio clandestino, 

articulando el verbo de la entrega 

mientras el tiempo se cristalizaba.



Me preguntas por la incondicionalidad 

como quien pregunta por un mito, 

sin advertir 

que tus propias palmas 

exhalan aún la efervescencia de humo 

en forma del perfume residual 

de una devastación que 

yo convertí en ceniza mansa, 

solo para que el aire no te pesara tanto.


Y sí,


Existe.


Pero hay dialectos que requieren una entrega 

que tú aún no conoces. 

Un código que para ti es solo estática, 

una frecuencia que tus manos no se atreven a sintonizar.



En efecto,

la incondicionalidad habita el mundo, 

aunque tú seas su exiliada.


Hoy 

mi mirada es un páramo 

sin ecos ni puertas; 

te observo a través de un cristal empañado 

por años de invierno,

instalada en una mudez gélida 

y una quietud 

que solo pertenece 

a los que ya no aguardan el regreso de nada.


Comprendo al fin,

con el estómago encogido, 

que no hubo bastión capaz de resguardarte,

pues el invasor nunca golpeó tus muros desde fuera;

tú eras el asedio 

y el incendio tu propia sangre. 

Ninguna fonética del afecto 

logra penetrar la carne encallecida 

de quien ha confundido su reflejo con un adversario 

y ha convertido su propia sombra en el campo de batalla.


No es que el amor claudicara por insuficiencia; 

es que no se puede ser puerto 

para quien ha hecho del naufragio su única identidad. 

La abundancia te resultó una tortura insoportable 

mientras yo me desangraba 

intentando cerrar tus grietas. 

Tú, 

desesperada,

te arrancabas la piel a destajo 

para mantener la herida abierta.


Logré discernir, 

ya con el sabor del hierro en la boca, 

que tu identidad supuraba el olvido de su propia luz. 

Un goteo constante de salitre y sombra 

que me quemaba las manos; 

una secreción espesa de rechazo 

que nacía de tus huesos 

y terminaba cuando hallaba los recovecos 

por donde borboteaban mis heridas, 

dejando un martirio perenne.


Aquello que supuraba de ti no era dolor; 

supuraba era la decisión consciente 

de no ser querida.


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