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La Heredad de la bestia.

Mar 9, 2026

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La Heredad de la bestia.
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Conocí a G en un recoveco del mundo demasiado exiguo para que la memoria echara raíces, una de esas esquinas anónimas donde la vida, con su desidia de azar ciego, permite que los destinos se intercepten sin pedir permiso. Allí emergió ella, envuelta en esa serenidad indócil, pues era de las que cargaba una fiera bajo el pecho. Ella contenía el rugido de un bárbaro de pulsiones que se negaba a claudicar ante el orden de lo cotidiano. Había en su temperamento una fuerza de marea negra, una honestidad espiritual que asomaba en la charla para recordarme que la civilización es apenas un barniz sobre la rabia. Luego esa fuerza volvía a replegarse en lo más profundo de su ser.

Durante un tiempo compartimos esa breve provincia de verbos y silencios, una geografía de bolsillo que terminó devorada por la maleza de la rutina. No hubo un estruendo ni un duelo que mereciera una página en el diario, simplemente su presencia se fue desteñiendo en la continuidad de los domingos hasta convertirse en una sombra guardada en el desván de mi pecho. Por meses le eché la culpa a su ausencia de ese clima de ceniza y olvido que empezó a anegarme, creyendo con la candidez de los desesperados que me hacía falta su voz, pero me tomó la vida entera comprender que estaba equivocada.

Lo que estaba germinando en mi interior no era un luto sentimental sino algo más atávico, era el desgaste de mi espíritu, algo que los antiguos monjes conocían bajo el nombre de la acedia.

Le llamaron el Demonio de Mediodía y el nombre tiene esa belleza engañosa pues ese visitante no responde al rigor del sol ni a las hojas del calendario, sino que irrumpe cuando se le da la gana en mitad de una vida que parece un jardín bien podado. De pronto el mundo pierde su densidad aunque las ciudades sigan con su respiración de bestia mecánica y los hombres sigan tejiendo proyectos con una seriedad que da lástima. En el fuero interno algo se ha desplazado para siempre. Uno se vuelve consciente de que en este vasto escenario, uno es apenas una mancha en un mantel demasiado grande, un punto que el universo observa sin detenerse.

Las metas se revelan como andamiajes de papel y el entusiasmo se adelgaza hasta volverse un recuerdo que ya no sabe a quien pertenece. Aparece entonces la sospecha de que el mundo nunca nos prometió un sentido; esa claridad maldita que nos revela que la vida es apenas un recuento de espantos y pequeñas victorias sin dueño. De que habíamos vivido protegidos por una arquitectura de certezas heredadas, creyendo que el sudor y los afectos formaban parte de una narración coherente, pero cuando ese edificio se agrieta el mundo revela su verdadera textura de páramo. Pues nuestra lucidez no es un don, sino el incendio que devora el teatro donde habíamos aprendido a llamarle hogar al engaño.

Hace poco, mientras leía la historia de Meursault bajo la luz mortecina de un aula aburridísima, comprendí que el verdadero escándalo no era su indiferencia ante la muerte, sino su descubrimiento de que la existencia no tiene la obligación de justificarse ante nadie. Que uno se encuentra en el centro de su propia existencia y sin embargo tiene la sensación de estar ligeramente apartado de ella, la tierra sigue girando con una normalidad insultante mientras nuestras preguntas mueren de sed.

Sabes que el mundo continuará su curso con o sin tu presencia. Sabes que la memoria humana es breve y que el tiempo tiene una manera elegante de borrar incluso las huellas que parecían profundas. Y ahí es donde el demonio se instala a vivir y se vuelve una presencia tranquila, un huésped que te acompaña mientras aprendes a convivir con la idea de que el "sentido" no es un puerto, sino una prótesis que nos inventamos para caminar sobre un abismo.

Hoy recuerdo a G y su nombre ya no me trae reproches, la veo como una señal lejana en el paisaje y entiendo que su rabia de bárbara era la única respuesta cuerda ante el silencio del universo. Su recuerdo es hoy el prólogo de mi propia extranjería y la prueba de que el amor no es un refugio, sino el lugar donde uno va a descubrir lo solo que se encuentra.

Ser extranjero, sentir el vacío y la extrañeza no es un error, es lo que nos corresponde vivir, la verdadera esencia de nuestra condición y nuestro legado inevitable. Somos extranjeros incluso en el mapa de nuestra propia piel, náufragos de una orilla que nunca existió, cargando una bestia silenciosa que nos acompaña siempre, una criatura que sabe que el vacío no es una carencia, más bien es la única patria que nos estuvo esperando.

Ser íngrimo

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