Entre mi último año del colegio y los primeros de mi etapa universitaria, no existía fin de semana en el que me perdiera una fiesta. No importaba dónde fuera: en la casa inmensa de algún chico o chica de apellido compuesto en La Molina o en alguna fiesta improvisada de alguna vivienda donde no conocía absolutamente a nadie. A mí me daba igual. Si había alcohol, música y estaban mis amigos, ya tenía todo lo necesario para pasarla increíble, la mejor manera de no pensar demasiado en mi vida.
Porque si algo me aterraba en esos años era eso: pensar.
Pensar en qué iba a hacer conmigo. En si de verdad había algo esperándome más adelante o si mi vida iba a quedarse para siempre en esa zona gris entre la adolescencia y el fracaso prematuro. A veces, de la manera más ridícula y fantasiosa posible, soñaba con ganarme la lotería. O con que me pasara cualquier cosa absurda que me resolviera la existencia de un día para otro. Algo que le diera a mi vida un giro tan brusco que al día siguiente me despertara siendo otro. Más tranquilo. Más resuelto. Más lejos del miedo.
Lo curioso es que ese deseo nunca se me cumplió a mí.
Se le cumplió a Isabel.
Si me preguntaran en qué fiesta la conocí exactamente, no sabría responder. Lo recuerdo todo borroso, como se recuerdan casi todas las noches donde hubo demasiado alcohol y demasiado ruido. Lo único que sé con certeza es que no fue en una fiesta de la clase alta limeña.
No era una de esas chicas escandalosas que se hacen notar a punta de gritos o risas fingidas. Isabel resaltaba de otra manera. Tenía unos ojos marrones enormes, atentos y al mismo tiempo desorientados, como si estuviera presente y ausente a la vez. El cabello negro, bien cuidado, con unas ondas suaves que le caían con una naturalidad que contrastaba bastante con el resto de la fiesta. Y los labios… carnosos, muy bien dibujados, que en ese momento me hicieron pensar en Angelina Jolie.
A lo largo de la noche, mis amigos y yo vimos cómo varios idiotas se le acercaban con ese entusiasmo baboso que suele producir una mujer bonita en una fiesta de barrio. Ella los rechazaba con rapidez, casi con fastidio. No parecía divertida. Más bien parecía incómoda.
En algún momento se acercó hacia mí, que estaba en la barra sirviéndome una cuba libre.
—Hola, chinito —me dijo, con una confianza extraña, como si ya nos hubiéramos conocido antes.
Puede que nos hubiéramos conocido, no lo sé. En ese momento yo ya tenía suficiente alcohol encima como para no confiar demasiado en mi memoria. Así que hice lo único digno que podía hacer un joven medio ebrio y medio tímido: sonreír.
—Qué lindo sonríes, chinito. Pareciera que se te cierran los ojos —me dijo, riéndose.
—Créeme que no puedo sonreír de otra manera sin que se me cierren más —le respondí, riéndome todavía más achinadamente.
No sé si fue mi respuesta o el alcohol, pero ella se rió de verdad. Y justo en ese instante se escuchó un estruendo que vino del baño de la casa. Algo se había roto.
La música se apagó. Hubo un segundo de silencio. Ese silencio rarísimo que solo existe en las fiestas cuando algo sale mal.
De pronto Federico vino corriendo hacia mí.
—¡Chino, chino! La cagada, puta madre… el gordo… carajo, creo que ha sido el gordo.
—¿Está metido en el baño? —le pregunté.
—Sí, huevón. Se metió con una flaca —me dijo, riéndose con una cara de incertidumbre que me hizo entender que aún no sabíamos si reírnos o largarnos.
Pensé: el inodoro no aguantó sus doscientos kilos.
La dueña de la fiesta, una chica llamada Azul, fue hasta la puerta del baño y pidió que salieran los que estuvieran adentro.
Primero salió la chica, avergonzada, abotonándose el último botón del jean.
Después salió Wilmer.
Y fue imposible no reírnos.
A pesar de su metro ochenta y ocho y sus ciento treinta kilos, se veía diminuto de la vergüenza.
Toda la fiesta se abalanzó hacia el baño para inspeccionar la tragedia. Todos, menos Federico y yo, que ya nos estábamos riendo demasiado como para simular preocupación.
—Carajo, chino, para qué me amarré con la cumpleañera —me dijo Federico, mirando de reojo a Isabel—. La flaca con la que estabas hablando está mucho mejor.
—Yo también ya la cagué —le respondí—. Hace media hora me besé con una de la que me voy a arrepentir mañana.
Desde el baño se escuchó a Azul gritar:
—¡Rompieron mi espejo! ¡Mi abuela me va a matar!
Y el gordo Wilmer, con una voz nerviosa respondió:
—Azulita, te prometo que mañana mismo te compro otro espejo.
Al final de la noche ya no quedaba casi nadie en la fiesta. Federico se besaba con Azul mientras ella barría los restos del espejo roto con una escoba. Wilmer se terminaba los últimos bocaditos de la barra. Y a mí, mientras tanto, me estaban arrancando los labios una chica a la que yo sabía perfectamente que al día siguiente iba a lamentar haber besado. Aunque, siendo honestos, a eso no se le podía llamar besar. Era más bien una mutilación de mis labios con testigos.
Cuando ya nos íbamos, Wilmer se había desaparecido sin despedirse. Federico y yo decidimos regresar caminando a nuestras casas, que quedaban en Magdalena. Nos despedimos de las dos únicas mujeres que seguían en la fiesta: Azul e Isabel.
Fue entonces cuando Isabel nos dijo:
—Chicos, ustedes viven por la cúpula de Magdalena, ¿no? ¿Puedo ir con ustedes? Yo también vivo por ahí.
—Sí, obvio —respondimos casi al mismo tiempo.
No recuerdo bien de qué hablamos en ese camino. Pero sí se me quedaron grabadas seis cosas sobre ella.
La primera: tenía una mirada extrañamente desorientada al hablar, como si una parte de su atención siempre estuviera en otro lado.
La segunda: estaba obsesionada con la astrología y los signos, de una manera casi religiosa.
La tercera: era rara.
La cuarta: vivía en un departamento humilde, encima de una peluquería humilde, en una calle humilde de barrio.
La quinta: por alguna extraña razón le caí muy bien desde un inicio que nunca supe entender. ¿Quizás porque era asiático?
La sexta: sí, era rara. Y necesito recalcarlo otra vez porque esa rareza no era un detalle menor.
Tres meses después…
“Gordo, contesta. Estoy abajo de tu edificio con Federico.”
Wilmer respondió con la amabilidad que lo caracterizaba:
—¡Qué chucha quieren, mierda!
—¡Baja, carajo! ¡Isabel se volvió millonaria! —gritamos Federico y yo en altavoz.
—Qué bueno. Mándenle mis felicitaciones —dijo antes de colgarnos.
Volvimos a llamarlo.
—Va a hacer una fiesta en su nuevo pent-house en Miraflores —dijo Federico esta vez, con tono más persuasivo.
Hubo unos segundos de silencio.
—Acompáñenme a comprarme mi pollo broaster y los escucho —respondió, ya tentado.
Minutos después ya estábamos sentados en un restaurante viéndolo comer como si el fin del mundo dependiera de ese pollo. Mientras le arrancaba la alita a una presa, tratábamos de descifrar cómo Isabel había pasado de vivir encima de una peluquería de barrio a mudarse a un tríplex pent-house en Miraflores.
Las teorías fueron escalando.
Federico creía que estaba saliendo con algún tipo con plata que la había llevado a vivir con él. Wilmer descartó esa teoría de inmediato porque, según sus “fuentes confiables”, el novio de Isabel no tenía plata ni para invitarle una salchipapa decente. Yo pensé que quizás su madre se había ganado la lotería. Wilmer, en cambio, afirmó con la tranquilidad de un analista político que la madre de Isabel probablemente estaba metida con algún narcotraficante colombiano.
—Ya bueno, gordo, ¿vas a ir o no? —preguntó Federico.
—Creo que sí. Pero necesito que oculten sus historias de Instagram a Mafer —La novia de Wilmer—. Si se entera de que salí de fiesta, me jode toda la semana.
Federico y yo nos reímos.
—No cambias, gordo.
En la fiesta del pent-house de Isabel Había tragos finos en la barra, muebles que parecían recién sacados de una revista, una vista de Miraflores que daba ganas de quedarse ahí para siempre y nosotros tres entrando con el ron más barato que habíamos encontrado en el market de la esquina.
Después de varias horas bebiendo cosas que jamás habríamos podido pagar por cuenta propia en ese entonces, Wilmer recibió una llamada.
Era Mafer.
Le pidió a Isabel que bajara un momento la música y se fue a una esquina del departamento a contestar.
—Mi amor, ¿qué pasó? — dijo con una voz ridículamente dulce.
—¿Tú crees que soy estúpida? Sé que estás en una fiesta, Wilmer —se escuchaba del otro lado.
—De verdad me parece increíble que desconfíes así de mí. He venido a cuidar a mi sobrino porque mis tíos salieron —respondió él, con una seguridad que a mí me hizo admirarlo y despreciarlo a la vez.
Federico y yo explotamos de risa. Wilmer nos hacía señas desesperadas para que nos calláramos.
—Mándame una foto con tu sobrino —exigió Mafer.
—Te la mando ahorita. Está en el baño. Pero espero que sea la última vez que desconfíes de mí —dijo, remarcando cada palabra como si él fuera la víctima de toda esa situación.
Apenas colgó, salió disparado hacia el cuarto del sobrino de Isabel, un niño de diez años que estaba jugando PlayStation feliz de la vida. Le pidió una selfie a cambio de prometerle una bolsa gigante de Doritos. El niño aceptó encantado. Wilmer tomó la foto, se la mandó a Mafer y escribió debajo:
“Nuestra relación no puede seguir así si sigues desconfiando de mí. Yo te amo.”
Juro que pocas veces he visto una manipulación tan miserable y tan creativa al mismo tiempo.
La fiesta siguió. El alcohol también.
Desde que llegué noté que había una chica observándome. Muy blanca, de cabello castaño, algo rellenita. No era mi tipo. Definitivamente no era mi tipo. Pero después de diez shots de tequila, dos de Jäger y varios vasos de ron, empecé a verla con una simpatía que claramente no nacía del alma, sino del hígado.
Se me acercó mientras hablaba con Wilmer en el balcón. No recuerdo su nombre, así que pongámosle ¨Gisella¨. Venía mareada, sonriente, con esa valentía que da el alcohol.
Me preguntó si me podía dar un beso.
Wilmer, por supuesto, no desperdició la oportunidad de meter presión.
—¡Un besito no se le niega a nadie, chino!.
Yo, cansado de la insistencia y con el criterio ya bastante deteriorado, dije al carajo y acepté.
Error.
Porque lejos de resolver algo, ese beso empeoró todo. Gisella se me pegó más. Empezó a mirarme con ese entusiasmo de quien cree que ya encontró plan para el resto de la noche. A los pocos minutos la sentí más rara que antes, más descompuesta. Hasta que me dijo, con una voz dramática:
—Creo que quiero vomitar…
Salí corriendo a buscar a Isabel para que se la llevara al baño. Cuando por fin desapareció de mi campo visual, respiré tranquilo… pero la paz me duró poco. A los minutos vimos a Gisella caminando otra vez hacia mí, con la insistencia de una película de terror de bajo presupuesto.
Wilmer se rió.
—Chino, creo que quiere un segundo beso.
—¡Acompáñame al tercer piso! —le dije casi suplicando—. Esta loca sí cree que la voy a volver a besar.
Ya casi al final de la noche, mientras fumaba los últimos cigarros de mi cajetilla en la terraza, vi desde lejos a Isabel llevándose a Federico hacia su habitación.
Me reí solo.
Campeonó, pensé.
Pero no pasó ni mucho tiempo antes de que lo viera salir de ese cuarto con una cara que no le había visto jamás. No era cara de vergüenza. Ni de rechazo. Era una cara genuina de espanto. Como si hubiese entrado a una habitación y hubiera encontrado algo que no debía existir.
Me escribió por WhatsApp:
“Chino, ¿dónde estás? Larguémonos de aquí.”
Salí con él hacia la calle y tomamos el primer taxi que encontramos. Apenas arrancó, lo miré.
—¿Qué pasó? ¿Por qué saliste así del cuarto de Isabel?
Federico seguía pálido.
—Huevón… esa flaca está loca. Literalmente loca.
—¿Por qué? Cuenta, carajo.
Volteó a verme todavía alterado.
—Chino, me dijo que su flaco le terminó hace unos días porque ella lo había dopado con clonazepam para que no saliera a una fiesta.
—¿Qué?
—Te lo juro. Y lo peor no es eso… —me dijo, todavía con la respiración rara—. Es que me lo contó riéndose. ¡Está loca!
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