Supongo que por eso inventamos dioses.
No necesariamente por fe,
ni por obediencia,
ni siquiera por esperanza.
A veces creo
que los inventamos
porque la idea de estar completamente solos
es demasiado grande para el cuerpo humano.
Hay noches
en las que una necesita sentir
que alguien escucha el pensamiento
antes de que se deshaga adentro de la cabeza.
Aunque no responda.
Aunque no exista.
Tal vez la parte más humana de nosotros
no sea la razón,
sino esta desesperación silenciosa
por depositar el dolor en algo.
Un cielo.
Una presencia.
Una energía.
Una habitación vacía
donde fingimos que alguien permanece despierto
del otro lado de la oscuridad.
Porque incluso quienes dicen no creer en nada
terminan hablándole al techo alguna vez.
Le hablan al pasado.
A los muertos.
A personas que ya no están.
A versiones imaginarias de sí mismos.
Como si hubiera dentro nuestro
un mecanismo antiguo e involuntario
incapaz de aceptar el silencio absoluto.
Y quizás no importe
si aquello que escucha es real.
Quizás lo importante
sea la necesidad misma.
Esa forma profundamente humana
de extender la mano hacia lo invisible
solo para soportar un poco mejor
el peso de existir.
A veces me pregunto
cuántas plegarias nacen realmente de la fe
y cuántas
del agotamiento.
Del deseo infantil
de que alguien más grande nos vea rompernos
y decida acercarse.
Porque hay algo insoportable
en sufrir sin testigos.
Algo que el cuerpo rechaza.
Por eso seguimos imaginando presencias.
Nombrándolas.
Construyéndoles templos, rituales, canciones.
No para entender el universo,
sino para sentir
que el universo no nos da la espalda por completo.
Y en el fondo,
creo que todos compartimos el mismo secreto:
queremos que exista alguien
capaz de mirar nuestras partes más oscuras
sin irse.
Aunque tengamos que inventarlo.
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