Yo tengo 18.
Ella, 19.
Armonizando una melodía que resuena aún en mi memoria, difícil de reproducir incluso ahora.
Mi corazón arde por ella, tanto que aún no sé traducirlo en palabras, pero deseo que lo entienda.
Yo tengo 23.
Ella, 19.
Su risa visitando mis sueños me castiga, y a las primaveras se las lleva el viento. Las flores siguen brotando cruelmente, como si el mundo no hubiera acabado.
Al menos en los sueños en que su figura aparece, el mundo nunca terminó.
En esos sueños mi boca se llena de las palabras que debería haber dicho, y sus ojos me aseguran que nada sucedió, que mis manos no son inútiles, que me aferré tanto que se quedó.
Yo tengo 31.
Ella, 19.
Caigo en otros brazos, otros ojos me hipnotizan y río en otro idioma, uno que ella no conoció.
En aquellos idiomas que mi lengua aprendió, no existe el adiós, no existe la promesa de un encuentro en otras vidas. Los “hasta luego” son moneda corriente.
Yo tengo 38.
Ella, 19.
He llenado una casa, he visto nacer pedazos de mí con ojos de un color distinto al marrón de los suyos.
Aun así, cada tanto, la armónica melodía de su voz se roba un pedacito de mi alma para reafirmar aquella promesa de reencuentro… y yo la dejo.
Yo tengo 50.
Ella, 19.
Mi atareada mente lucha por recordar el sonido de su voz y la tonalidad de su iris. Intento buscar similitudes en los ojos que me miran con preocupación por las mañanas, en esa sonrisa que me tranquiliza… y allí puedo encontrarme con la familiaridad de la paz que ella me brindaba: tan cerca, pero tan lejos.
Yo tengo 60.
Ella, 19.
Y aun con mis manos cansadas sigo tratando de alcanzar una pizca de sus recuerdos, revolviendo cajas para darle vida a lo que dejó de envejecer hace años.
Porque ella no envejece.
Yo tengo 60.
Pero ella aún sonríe mientras cuenta con emoción sus planes para su cumpleaños número 20.
Sus ojos alumbran algún recóndito lugar entre mis sueños donde el tiempo se olvidó de pasar.
Donde no tuvo que aferrarse a la vida hasta que sus manos se llenaron de moretones.
Donde no tuve que verla desvanecer frente a mis ojos.
Donde no tuve que aprender a vivir sin ella.
Yo tengo 65.
Ella, 19.
Pero aún la busco entre alucinaciones y sueños,
donde su voz me alcanza y
me olvido de la eternidad de su ausencia.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in