Me gustan las personas que no fuerzan una conversación, que pueden quedarse en silencio al lado de uno sin sentirse incómodas. Como Juan, mi compañero de trabajo, con quien comparto en silencio, de lunes a viernes, unos diez minutos de espera sin intercambiar una sola palabra. Nos saludamos, por pura cortesía, pero nada más decimos.
Él, sin embargo, suele hablar por teléfono enviando audios extensos, relacionados por lo general a cuestiones informáticas y de datos, cosas que no entiendo. A juzgar por su chispa y palabrería indescifrable, el receptor parece ser siempre la misma persona, algún amigo o su hermano, alguien que suena a estar lejos.
Hoy, durante ese rato, dejó el celular de lado y rompió el silencio. Con la mirada clavada en el piso y la voz atenuada, empezó a contarme lo frustrado que se sentía al no ver progreso, no tener esperanza de un mejor futuro, del miedo de quedarse estancado por mucho más tiempo en este trabajo que, efectivamente, lo estaba consumiendo. Me habló sobre no poder dormir, de sus pesadillas recurrentes, de las ganas que tenía de abandonar todo y mandarse a mudar “a otra cosa mariposa y que sea lo que Dios quiera”. Pero no puedo, me decía, mi mujer está embarazada y ahora tengo que pensar en mi hijo.
Sus palabras sonaron sinceras y, creo que a propósito, eligió compartirlas con alguien que, él sabía, no iba a tratar de darle consejos ni palabras de aliento. Por supuesto, no lo hice. Apoyé mi mano en su hombro, le di un fuerte apretón con sentido, y eso bastó.
Para los que entendemos el silencio, a veces un simple gesto es todo lo que necesitamos.
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