Mi madre dijo una vez
que el reflejo de la luna
es también la luna,
que no es necesario
una nave espacial
para llegar a ella
ni telescopios inaccesibles
para apreciar su encanto.
Y que estar de pie sobre su suelo
no nos permitiría verla
como la vemos siempre.
Sin embargo, por ser visible,
siempre me pareció un destino
posible de visitar, aún más
que cualquier país del mundo,
que solo conocía por televisión.
Después de la tormenta
de ese jueves de abril
que otoñó mi vida,
encontré a la luna estancada
en un charco de la vereda,
e intenté recogerla,
dejando que se deslizara
sobre las palmas de mis manos.
Y su brillo azul se consumió
apenas crucé la puerta de casa;
era un regalo para mi madre,
que ya estaba muy débil
como para salir de la habitación.
Pero no me di por vencido:
esa noche logré convencerla
de que pasara a visitarla,
y se hizo presente en el espejo
del ropero viejo de la abuela.
Y la luna la nombró como su nueva
embajadora en la Tierra,
antes de que el brillo azul de sus ojos
se consumiera para siempre.
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