«En las profundidades del bosque negro vive una elfa oscura. No debes ir a buscarla, pues con su magia consumirá tu vida; escucha mis palabras y conserva tu distancia».
Crecí escuchando estas historias, sin saber diferenciar los mitos y leyendas de los hechos que guardaban los relatos. Tal vez debí haber hecho caso; tal vez debí escuchar a los ancianos que alertaban con sus voces a los corazones rebeldes, ávidos de aventuras sin nombre.
Pero… por fortuna, no escuché sus palabras. Gracias a eso pude ver tu piel gris oscura y tus ojos amarillos, brillantes como el sol en su dominio en las alturas. Tus palabras, al principio desconfiadas y agudas, hoy son dulces y sinceras como ninguna; palabras que solo se silencian con mis besos, escribiendo los versos de mi increíble fortuna.
Mis manos tiemblan un poco ante la incertidumbre generada por las historias. El bosque negro no es, para nada, un refugio; aquí no juegan los niños ni caminan los aventureros, no hay rutas comerciales ni pueblos enteros ocultos del mundo externo.
No busco la empuñadura de mi espada porque algo en mi mente, aunque incierto, me dice que no tema, que hago lo correcto. Incluso ahora, cuando me atrapas dejándome a tu merced por completo e interrogas, inquisidora, las razones imprudentes que me llevaron a tu encuentro.
Es entonces cuando observo con detalle a la elfa oscura, cuya figura me hipnotiza y embelesa con solo moverse en mi presencia.
—Vine a buscarte porque te vi en mis sueños —le digo, sosteniendo su mirada—. Vi cada línea que describe la belleza de tu cuerpo. E incluso si con esto he puesto mi vida en riesgo, ha valido la pena solo por contemplar algo tan majestuoso y perfecto.
Tus ojos brillan con un fuego sereno. Siento que mi tiempo aquí ha acabado; estoy seguro de haber insultado la imagen misma de la mística de los tiempos. Entonces tu mano se acerca, mientras mi pecho, sin poder evitarlo, cabalga acelerado.
—Eres muy valiente o muy tonto —dices, levantando mi rostro para mirarme directo a los ojos—. Tal vez ambas cosas puedan convivir en el mismo espacio. Pero eres tú quien me ha invitado al aparecerte tantas veces en mis sueños... hoy, mis sueños más preciados.
Me miras con sorpresa plena, con incomprensión absoluta. Entonces, para mi asombro, me besas y dices casi en un susurro:
—Hace muchas vidas que no presenciaba tal dulzura en el hombre, y nunca había estado dirigida a mí. Ven… siéntate a mi lado, cuéntame tus sueños y quizá podamos realizarlos.
Autor: Oswaldo Oropeza
País: Venezuela 🇻🇪
Redes sociales: https://linktr.ee/oaoropeza

Oswaldo Oropeza
Las letras crean palabras, las palabras crean frases, las frases permiten describir los sentimientos.
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