Días como estos hay en todos lados para todas las personas. No hay ninguna razón para acoplar la sensación especial de recibir un regalo divino, menos aún para sentirse desdichado como usualmente uno se siente. Lo cotidiano es despedazar cada parte, cada centímetro de audacia del ego. Ser quizá una muestra mínima; la sombra del corazón, la radiografía de lo natural. Ir sin mirar, cruzar sin aventajar, tomar sin destruir, pero aquello a lo que se propone conscientemente no es tan fácil como encender la hornilla para la tetera, hacer un café a los invitados o, incluso, servir agua a los recién llegados a casa.
La muestra más clara históricamente son las guerras, la solución es tan fácil, tan obvia con los parámetros modernos. Olvidadas tantas cosas que olvidamos la esencia individual del humano, aquella íntima premisa que resuena en el cráneo sino en el espíritu: Supervivencia. A cualquier costo.
Es tan fácil como avocarse al deseo, al placer que deriva en la autodestrucción tras infligir el mayor dolor posible con el menor esfuerzo posible a la mayor cantidad de gente posible, excediendo de tu moralidad y raciocinio.
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