La presión en el pecho no se va no cuando se cuela el ámbar por las rendijas en las tardes de fines de otoño, cuando la primavera se acerca y, se supone, florece el amor.
Las chicas desarrollamos la habilidad de caminar con gracia por la vida cargando 20 kilos de angustia en los hombros, aguantando la respiración para contener como diques toda la ira del mundo y todo el dolor añejo. Ese dolor que con el tiempo no se pone mejor, como el vino, sino que se afila más, como el hacha del verdugo que alguna vez nos arranco la cabeza de los sueños.
El enojo encuentra su escape por la fisura dibujada por la flecha salvaje que atraviesa el centro del corazón cuando suenan los primeros acordes de esa canción que alguna vez significó los dos pero que ahora debilita las rodillas y las hace colisionar contra el suelo como el choque de dos planetas, despertando una galaxia de sangre en la piel. De a poco se desvanece, asi como las estrellas mueren, pero permanece, como su fulgor en el cielo nocturno, lo suficiente para recordar la desaventura del amar.
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