Ella aguarda. No sabe qué.
La tarde es un sillón de roble antiguo donde los surcos de la mano se pierden como ríos en la tierra.
El aroma del café «negro, espeso»
esa brea dulce que precipita el vértigo, asciende hasta empañar el vidrio.
Los libros, hirsutos centinelas,
aguardan en sus lomos rotos el polvo de otras vidas que no son la suya.
Ella los hojea sin ver las letras,
busca entre los márgenes
la huella de una que no llega, la palabra exacta que destrabe la cerradura del instante.
Sobre la mesa, los auriculares yacen
como dos caracolas mudas «¿lentas?»
Su cable, serpiente de cobre dormida,
se enrosca en un ovillo de paciencia.
Ella los toma, los posa sobre el pecho,
la música que aún no suena pero que ya palpita en la garganta.
¿Qué espera? No lo sabe.
Tal vez la voz que diga su nombre con la entonación exacta de un acorde,
o la nota que desgarre como un hilo de agua rompe la roca.
Tal vez el roce de unos labios que al fin descifren el jeroglífico de su nuca, de su hombro, de esa curva donde el tiempo se detiene a mirar cómo el mundo se deshace.
El café se enfría. El libro se cierra.
Pero ella sigue allí,
con los auriculares colgando del cuello como un collar de música en suspenso,
oyendo en el zumbido de la nada
y que ya está, de algún modo,
latente en la madera,
en la tinta de un verso,
en la pausa antes del primer compás.
Porque esperar, lo sabe,
no es aguardar un nombre o una llegada.
Es habitar el instante previo al beso,
ese lugar difuso se vuelve forma, la forma se hace carne,
y la carne, por fin, encuentra.
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