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La chica del cabello alborotado

Mar 17, 2026

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La chica del cabello alborotado
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Hay mujeres que llegan como una estación del año.
Como la primavera, por ejemplo: desordenada, inevitable, llena de polen y de promesas.

 

Y luego está ella.

 

La chica del cabello alborotado
que no llegó como una estación
sino como un cambio de órbita.

 

No recuerdo exactamente el momento en que comenzó todo,
porque hay cosas que no empiezan en un instante preciso
sino en una grieta muy antigua del alma.

 

Tal vez empezó mucho antes de conocerla,
en todos los lugares donde me sentí solo,
en cada noche en que la ciudad era una boca enorme
tragándose el ruido de mis pensamientos.

 

Tal vez empezó en cada amor fallido,
en cada intento torpe de encontrar hogar
en los ojos equivocados.

 

Porque cuando uno ha caminado mucho tiempo en el desierto,
aprende a reconocer el agua incluso antes de verla.

 

Y ella…
ella tenía algo de agua,
algo de incendio,
algo de tormenta recién nacida.

 

Pero sobre todo
tenía ese cabello alborotado
como si el viento hubiera decidido quedarse a vivir en él.

 

La primera vez que lo noté
no pensé en belleza.

 

Pensé en caos.

 

En ese tipo de caos hermoso
que tienen las constelaciones
cuando uno deja de intentar entenderlas.

 

Su cabello no parecía peinado por nadie.

 

Ni siquiera por ella.

 

Parecía el resultado de una discusión secreta
entre el viento, la madrugada
y todos los caminos que había recorrido.

 

Y yo pensé:

Así debe verse la libertad.

 

No la libertad de los discursos
ni la de los libros de filosofía.

 

La otra.

 

La verdadera.

 

La que tiene los bordes desordenados
y huele un poco a lluvia.

 

Hay algo peligroso
en las personas que no intentan ser perfectas.

 

Porque uno termina confiando demasiado.

 

Y yo confié.

 

Confié en su risa,
que a veces parecía un accidente feliz.

 

Confié en su manera de mirar las cosas
como si el mundo todavía no hubiera terminado de decepcionarla.

 

Confié en ese pequeño gesto
de acomodarse el cabello detrás de la oreja
solo para que, unos segundos después,
el viento volviera a desordenarlo todo.

 

Como si el universo dijera:

No intentes domesticar lo que nació salvaje.

 

No sé si la chica del cabello alborotado
sabía lo que estaba haciendo.

 

Hay personas que rompen el equilibrio de tu vida
sin tener la menor intención de hacerlo.

 

Simplemente caminan.

 

Respiran.

 

Existen.

 

Y eso basta para que algo en tu interior
cambie de lugar.

 

Porque antes de ella
yo creía que el amor era una especie de arquitectura.

 

Algo que se construía con cuidado,
con planos,
con paciencia.

 

Pero después entendí otra cosa.

 

El amor no se construye.

 

El amor irrumpe.

 

Como un caballo que atraviesa un campo abierto.
Como una tormenta que no pidió permiso para llegar.
Como ese cabello alborotado
que no obedecía ninguna regla.

 

A veces me pregunto
si ella sabe todo lo que habita en su gesto más pequeño.

 

Si sabe que cuando sonríe
algo en el mundo se acomoda.

 

Si sabe que cuando se queda en silencio
uno puede escuchar el sonido de su propio corazón
haciendo preguntas que no tienen respuesta.

 

Si sabe que su cabello
cuando lo mueve el viento
parece un mapa.

 

Un mapa lleno de caminos
que conducen a lugares donde uno quisiera quedarse.

 

Pero hay algo que debo confesar.

 

Las cosas más hermosas del mundo
también dan miedo.

 

Porque lo hermoso
es frágil.

 

Porque lo hermoso
puede irse.

 

Porque uno nunca sabe
si la persona que hoy se sienta frente a ti
seguirá ahí mañana.

 

Y yo no sé
si la chica del cabello alborotado
es una casa
o solo un relámpago.

 

No sé
si su risa es una promesa
o simplemente una coincidencia luminosa.

 

No sé
si su historia se quedará entrelazada con la mía
o si un día será solo un recuerdo
que aparecerá cuando escuche cierta canción
o cuando vea a alguien caminar contra el viento.

 

Pero hay algo que sí sé.

 

Sé que existen momentos
que justifican todos los inviernos.

 

Momentos breves
que hacen que cada herida anterior
parezca un camino necesario.

 

Y uno de esos momentos
es verla caminar
mientras el viento desordena su cabello.

 

Porque en ese instante
todo parece tener sentido.

 

El pasado.

 

Las cicatrices.

 

Las noches largas.

 

Los errores.

 

Las despedidas.

 

Todo.

 

Como si el universo hubiera estado practicando durante años
solo para lograr esa escena.

 

No sé si la chica del cabello alborotado
se quedará en mi historia.

 

Tal vez sí.

Tal vez no.

 

El amor, después de todo,
no es una promesa de eternidad.

 

Es una intensidad compartida.

 

Un incendio breve
que deja luz suficiente
para caminar un poco más en la oscuridad.

 

Pero si algún día se va
si un día su risa se vuelve lejana
si un día el viento vuelve a ser solo viento

 

yo recordaré esto:

 

que hubo una mujer
que caminaba como si el mundo
no hubiera terminado de romperse.

 

Que hubo una mujer
que tenía el cabello alborotado
como una bandera de libertad.

 

Y que por un instante —
un instante breve
pero infinito—

 

esa mujer
me enseñó
cómo se ve el hogar
cuando decide aparecer
en los ojos de alguien.

Luis Cortina

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