Tengo un sueño recurrente,
una casa en el campo,
los niños inundando de risa los pasillos,
y tú, sonriendo bajo la luz ámbar de la tarde.
Pero el sol se abalanza,
carcome la noche,
y me devuelve a la rutina,
donde solo restan las migas de palabras.
Intento rescatar un poco de tu carmín,
dibujarlo en versos,
como si al escribir pudiera alcanzarte.
Pero la distancia pesa,
el miedo me cubre,
y las dudas habitan mi pecho.
He vivido persiguiendo fantasmas,
añorando al que fui,
a ese yo que amaba sin miedo.
Ahora, me miro vacío,
incompleto,
temo no ser el hombre que sueñas,
ni el que necesitas.
El amor que llevo dentro
no ha sabido estar a la altura del tuyo,
no ha sabido darte nada.
Y hoy, las hojas caen,
el otoño se desprende,
la calle tiembla bajo su tristeza,
y todo me recuerda a ti.
Porque aún te pienso,
aun sabiendo
que ya no hay lugar para mí,
ni en tus brazos,
ni en el mundo.
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