Claudia, esta ya no soy yo. Te escribo esta carta porque todavía tengo dedos en la mano que me queda, yo sé que vos vas a creer más en mí de lo que creyeron todos los demás. Siempre me miraste con sinceridad, cuando caminábamos por Recoleta al ritmo de Aretha y tus ojos se fijaban en mí a cada you make me feel like a natural woman, eras puro amor, Claudia. Incluso cuando vomité plumas por primera vez, ahí estabas, golpeando mi espalda.
Sé que desaparecí y que vos trataste de comunicarte, el teléfono empezó a ser más una pesadilla que una alegría cada vez que sonaban tus llamadas.
Pasó un mes y medio aproximadamente, empezó a dominarme tan rápido que ni siquiera me dió tiempo a asumir que eventualmente sería mi fin. Te acordarás cuando, entre risas, escupí dentro de una servilleta un par de plumas, y nos reímos toda la noche con chistes sobre denunciar al restorán por no desplumar bien el pollo. Esa noche te dejé en casa y volví con la idea de pensarte un rato y después dormir. No sé porqué pero al momento de cerrar los ojos tuve miedo. Una extraña fuerza dentro de mí me estaba diciendo que eso no era correcto, que no era lo que tenía que hacer, y tuve miedo. Esa noche, Claudia, mientras vos dormías en tus sábanas rojas, mis ojos ardían tanto que hubiera preferido arrancarlos en ese instante. Lloraban incontrolables, estaban insoportablemente irritados e hinchados por mi falta de parpadeo, creo que para cuando cayó la mañana ya supuraban, pero no podía hacerlo. No podía cerrar los ojos. Era lo único que sabía.
Después de ese incidente traté de dormir los siguientes días y creer que todo estaba bien, pero al cabo de dos semanas, las plumas dejaron de salir de mi boca para empezar a cubrir mi piel. Era asqueroso, yo las arrancaba como si me las hubieran pegado con pegamento, pero eran reales. Y estaban saliendo de mi. Y mis brazos sangraban cada vez que me las sacaba. Me sangraban y al final alguna herida se me habrá infectado. supongo que por eso el olor a pútrido inundó la casa. Ya no se puede estar acá adentro, es horrible. Incluso traté de cocinar con todo el romero del mundo, pero el olor se sigue filtrando a la nariz y me dan arcadas. Por un tiempo traté de seguir yendo al trabajo, pero solamente la labor de desplumarme antes de tratar con cualquier persona era agotador. Creí que podrían ser como los pelos, que si los arrancaba de raíz podía estar tranquila durante un tiempo, pero estas plumas crecían más rápido y más fuerte cada vez que me las quitaba, eran casi una metáfora, imaginate. Tuve que dejar todo y recluirme en esta casa que ya conocés, en esta casa que alguna vez fue amor y ahora es solo un nido, una cueva, una imagen de mi descenso. Esta casa, Claudia, que nos vio tomadas de la mano, saliendo a la calle para pasar por enfrente de la Residencia Maguire e imitar voces fantasmagóricas e historias de horror alrededor de la residencia. Me encerré en esta fría casa de Avenida Alvear, esta casa donde fuimos dos, donde tu piel rozaba la mía, dónde me miraste durante años sin hartarte y ahora lo único que miro es mi cuerpo convirtiéndose en bestia.
A mí ya no me queda mucho tiempo, ni mucha conciencia. Como sé que podés creerme más que los demás te escribo a vos. Me duele la mano. Tengo que estirarla por toda la hoja para terminar de decirlo todo pero estoy muy cansada. Solo duermo de día, las noches ya son mías. No puedo ni pegar un ojo, solo me rindo ante el ardor y trato de aguantar. Mis piernas ya no son piernas, solo son huesos y carne redoblada, recubierta por puro pelaje, y que encuentran su fin en unas rocosas patas delineadas con unas garras temerosas. Mi mano derecha ya no existe, es una gran ala de búho. Se extiende y deja ver sus plumas marrones y blancas, pero puedo todavía divisar algunos de mis dedos y pedazos de carne distribuidos entre los pliegues. Vos dirías que ahora es una suerte que sea zurda, porque sino ninguna de estas palabras que estoy escribiendo existirían. Incluso en esta situación te sería cómico tal detalle absurdo.
Te extraño mucho, Clau. Claudia. musa Marie-Claude. Como desearía pensar que nada de esto te importaría y que todavía podes mirarme a los ojos. Aunque estén hinchados, irritados y al borde de despegarse de la cuenca. Aunque cada vez vea menos, podría escuchar cada uno de tus suspiros. Estuve practicando mi oído escuchando el aleteo de las moscas, imaginate si no voy a escuchar tus risitas.
No tengo más tiempo, Clau. Ya puedo sentir mis pupilas muy dilatadas y me duele mucho la cabeza. Las plumas no paran de crecer mientras te escribo, y presiento que yo, como soy yo, torpe, descuidada, adoradora, plenamente enamorada de una mujer como vos, así como soy (o era) voy a dejar de existir. Nunca supe terminar cartas, ya lo sabés. El final lo podés asumir vos, o imaginar palabras con mi voz. Supongo que viviré para siempre en esta casa como una sucia bestia, un asqueroso monstruo, como algo que los niños susurran y se le alejan. Te voy a extrañar tanto Clau, Claudia, Marie-Claude.
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