Siempre me pareció una estupidez decir que la música puede salvarte, como si tuviera superpoderes grandilocuentes. Para mí, las canciones tienen que acompañarte de forma cálida (o al menos a mí me gusta que hagan eso). Es muy diferente una cosa de otra.
Ayer cuando llegué a mi casa del colegio, subí a mi habitación, agarré mis auriculares y empecé a escuchar el tercer disco de American Football (si no los conocen, les recomiendo que los vayan a escuchar ahora). Este disco es mi preferido de la banda, aunque el más conocido sea el primero.
Como es invierno, ya era el atardecer cuando la primera canción, "Silhouettes", empezó a sonar y la escena fue perfecta:
La luz suave entraba por la ventana del cuarto y pintaba la pared blanca con sus colores rosados y anaranjados, a la vez que la música se deslizaba por mis oidos de forma plácida y agridulce. La voz cansada de Mike Kinsella (el cantante de la banda) acompañaba el frío del invierno. Las guitarras que se entrelazaban entre sí eran como una caricia a mi soledad. El sonido cristalino xilofón de las canciones parecían las estrellas apareciendo una a la vez. Después de una semana difícil, me sentí acompañado y comprendido.
I've cried for you, for me, for strangers
I've cried in every room
When will it end, relentless adolescence?
Cuando terminó el disco, ya no había luz. La música se apagó y me quedé en el cuarto oscuro unos minutos, con los ojos cerrados, para que las últimas vibraciones de los sonidos se queden en mí.
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