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Había una vez, pues solo es cada tanto que la maldad logra reunir la fuerza suficiente para manifestarse más allá de pensamientos intrusivos o sueños oscuros, una muchacha.
Y esta muchacha era de una familia acaudalada, pues es allí donde el oro se transforma, por obra de una alquimia desconocida, en poder y el poder rara vez no es corrompido por la maldad.
Helga, pues ese era su nombre, creció rodeada de cuanto lujo y capricho se puede imaginar... incluso algunos, que escapan a la imaginación de quien no conoce lo que el dinero puede comprar que, en muchas ocasiones, va mas allá de lo que se toca o se ve a simple vista.
Su padre, un marqués de renombre, era un hombre duro que rara vez era encontrado en la propiedad ya que viajaba, a veces, por meses enteros y otras veces por tanto tiempo que Helga no podía contarlo.
Su madre por otro lado había fallecido al dar a luz a Helga, y es que había sido tal el ensañamiento de la maldad por nacer, que según la partera, al salir la niña del vientre de su madre, encontraron entre sus pequeñas manos: el corazón frío de la mujer...
Incluso algunos dijeron, sin poner las manos al fuego, que en el rostro de la recién nacida no había rastro de llanto alguno... Sino una sonrisa.
Con el pasar de los años Helga creció, y creció tanto verán, que a veces la maldad no cabía en su interior y la muchacha debía buscar formas de dejarla salir.
Una vez cuentan que su padre se hallaba en la casa, pues los caballos no se dejaban ensillar. Helga y él tomaban el té en el jardín mientras la muchacha leía. Fue entonces cuando una de las criadas se acercó, llevando entre sus brazos una bandeja de plata llena de cuantos pasteles y golosinas Helga podría desear, pero la muchacha cuya maldad añoraba libertad, estiró uno de sus delicados pies desde bajo la enagua haciendo a la joven criada trastabillar y caer de bruces sobre las masas.
La chica sobre el pasto enrojeció apabullada por la vergüenza, más al tratar de reincorporarse una de sus manos le escoció con un dolor afilado. Y es que, uno de los bordes pulidos de la plata labrada, había cortado la piel bajo el puño bordado de su uniforme.
Helga rió maliciosamente mientras trataba de disimularlo con su abanico, y miraba a la chica cubierta de crema batida y polvos de azúcar en el césped, pero su padre, tan frío como siempre le había visto, no tardó en dejar la taza sobre el plato de porcelana y arrodillarse junto a la chica ayudándola a ponerse de pie y cubriendo la herida en su muñeca con el pañuelo de seda que ella misma le había obsequiado años atrás en un intento por ganarse su favor.
Y es que Helga no lo supo hasta entonces, pero se rumoreaba que él, luego de años de soledad tras perder a su amada, había caído rendido frente a los encantos de aquella muchacha y, Helga, tampoco sabía que dicho amor ya había sido consumado, o que pronto el fruto de aquel amor sería demasiado inmenso como para seguírselo ocultado.
Pues no es propio del hombre ocultar, lo que las pasiones fallan en callar.
Fue así, como en esa tarde, Helga descubrió por vez primera algo que ella echaba en falta. Tal vez porque nunca lo había tenido, o porque en su cuerpo ya no quedaba espacio para otra cosa, pues la maldad ocupaba cada rincón. Incluso entre los dedos de las manos y de sus pies. Sin embargo, había bastado solo un instante, un cruce entre las miradas de su padre y aquella chica, de quien siquiera conocía el nombre, para que ella viera lo que ni todo el oro o los pasteles del mundo podían darle: Amor.
Lo que pasó a continuación no es claro, pues no fueron muchos quienes se atrevieron a nombrarlo por miedo a que Helga lo supiese. Algunos dicen que Helga gritó. Gritó tan fuerte y durante tanto tiempo, que enmudeció por tres días, consumida por la envidia y el resentimiento hacia su padre que nunca le había dado lo que ahora, tan naturalmente, le daba a esa muchacha.
Otros en cambio, dicen que algo dentro de Helga se rompió. Dicen que, cuando caminaba hacia sus aposentos, encolerizada por lo que acababa de ocurrir, podía verse de su oreja izquierda un fino hilo negro que goteaba en la mantilla sobre sus hombros.
No mucho después sería noticia el compromiso de la criada con el hombre quién, desoyendo toda crítica social, eligió convertir a la mujer en su esposa.
De Helga no se supo nada por algún tiempo hasta que, un día, un cochero frenó los caballos frente a la señorial entrada de la casa del marqués. Del interior del carro bajó entonces un hombre joven que, en sus brazos, llevaba al felino más delicado que jamás se había visto en esas tierras. La gata, pues de su cuello colgaba un collar incrustado de piedras que tenía grabado el nombre Ardnys, miraba alrededor con ojos verdosos como esmeraldas bajo el sol, mientras emitía suaves maullidos a su dueño que le observaba con un amor más allá de las palabras.
Ambos entraron en la casa y no salieron hasta entrada la noche, cosa que el cochero luego contaría en la taberna a sus pares. Era oficial, el marqués había prometido en matrimonio a aquel muchacho llamado Maurice Liebenhall, a Helga.
Pensarán que la muchacha habría rechazado tal propuesta en un suspiro, pero les sorprenderá saber que, según lo que el cochero había oído de boca del hombre el emprender el retorno, la chica se había mostrado deleitada por aquel gesto.
Y es que, nuevamente, Helga no sabía lo que el marqués había susurrado al muchacho antes de que ella entrase en la habitación, o que incluso le había ofrecido dos veces el valor de la dote de la chica a cambio de que aceptase desposarla y la llevase con él a vivir a otro lugar. —Tan lejos como puedas— fueron sus palabras y —Tu buena fe será recompensada con creces— las que le dijo al estrechar la mano antes de despedirlo al pie de la escalinata frente a la puerta de la mansión.
Aunque hubo cosas que el marqués olvidó mencionar —tal vez por vergüenza, o tal vez y solo tal vez por miedo a que Maurice huyese de allí junto con Ardnys—.
Cosas como aquella vez en que Helga había empujado a la prometida de su padre por las escaleras, tras notar que el vientre se abultaba bajo el corset. O cuando por la noche, había acercado el brasero tan cerca de la chica, que le había quemado el rostro dejando una roja marca en su mejilla.
También olvidó contarle que, en ese momento, Helga dormía en la habitación más alejada de la casa. Aquel cuarto que estaba al final del pasillo más largo; tan largo que era necesario andarlo con un candil en la mano, ya que el sol se ponía antes de llegar a la alcoba.
Se celebró una boda, aunque pocos fueron los invitados, y menos aún quienes asistieron a ella. Se dice incluso, que el mismísimo Maurice tuvo la osadía de dudar en el altar y no fué, hasta luego de una acalorada charla que había tenido con el marqués, que el muchacho conjuró el valor necesario para dar el “sí”.
Entonces fuéronse lejos, tan lejos que allí solo estaba la enorme casa y a su alrededor la tierra se extendía por decenas, cientos, miles de yardas vacías que seguían más allá de lo que el ojo podía ver.
Al principio todo parecía ir de maravillas, pues Helga se regodeaba en haber obtenido lo que tanto había echado en falta, sin embargo, como un espejismo que se disipa, más tarde que temprano sobrevino lo que ella tanto había temido...
Maurice no le amaba. Y era claro, pues nunca habían compartido el lecho, o un beso como lo hacían su padre y la criada. Nunca él le había abrazado, o ayudado a ponerse de pie cuando ella fingía un desmayo. No le amaba, pues viajaba por días, y semanas y.… a veces, Helga perdía la cuenta de cuantos días pasaba sin verlo.
Las malas lenguas dicen que fue entonces cuando lo notó, aunque verán, es de mi creencia particular, que no fue aquello lo que le llevó a la perdición... sino su propia naturaleza maldita e insaciable.
Poco a poco, aquella maldad que anidaba en su interior se fue acumulando, como siempre lo había hecho, solo que ahora, en aquella gigantesca casa, no había nadie. No había allí una criada, o un mozo de cuadra con quien... "liberarla".
Allí no estaba nadie más que ella... y Ardnys. Aquella gata era lo más preciado que Maurice tenía. —Ha estado en mi familia por generaciones— le había dicho cuando ella, curiosamente preguntó por el felino. Sin embargo, la gata no parecía tener más de cinco años y se movía con una soltura y brío propios no de un animal, sino de quien es dueño de la casa.
La forma en que Ardnys recibía a su amo, cada que el hombre bajaba del coche luego de un viaje; como si no fuese una mascota, sino algo más.
Como ella dormía sobre el edredón cada noche mientras Maurice estaba fuera, esperándolo y como, al tenerla sobre el regazo, el hombre acariciaba el suave pelaje gris moteado de la gata, mientras ella estiraba una de sus patas en un gesto que parecía pedirle que no se detuviera.
Y sus miradas... como si su vínculo hubiese empezado en otra vida, y el tiempo lo hubiese arrastrado hasta ese momento. La forma en la que se encontraban los ojos de ambos, contemplándose el uno al otro en silencio, por momentos que a Helga se le antojaban un suplicio eterno.
Maurice no le amaba. No, y nunca lo haría pues no existe dote en el mundo que pudiere comprar un corazón que ya le pertenece a otra. Incluso aunque fuese una criada, o una simple lavandera en vez de una dama de alta cuna. Pues aquel corazón tenía ama, y era Ardnys.
Algunos dicen que sucedió durante unos de los viajes más largos que Maurice llevó a cabo, otros aseguran que había sido detenido debido a una investigación abierta en torno a su título, luego de que una voz anónima expusiese contratos que atentarían contra la buena moral.
Dejaré esto último, a elección de quien lea este relato. Lo seguro, es que Maurice estuvo mucho, mucho tiempo fuera.
Tanto tiempo estuvo el hombre sin volver, que Ardnys no se levantaba del edredón. Pasaron los días, y las semanas y Ardnys no se movía.
Tal vez por miedo a que Maurice volviese y, en su llegada, no la encontrase allí, esperándolo como siempre lo hacía.
Tal vez... y solo tal vez, porque Helga había echado llave a la puerta y custodiaba la entrada día y noche, a veces sin pegar un ojo, con tal de asegurarse que nadie acudiría al oír los maullidos en el interior. Aunque allí solo estaba ella. Ella y Ardnys.
Dejaré esto bajo tu elección...
Entonces, al cabo de tantas noches y días, que la cera del candil junto a la silla de Helga parecía formar un animal pequeño... el maullido cesó.
Le tomó a Helga un par de velas más conjurar el valor para entrar en la habitación de Maurice... pues no importa si vas en carroza, o corriendo descalzo, la verdad —aunque quiera ocultarse— siempre gana la carrera.
Y allí estaba sobre el edredón, como un Albatros que sobrevuela los mares buscando tras la tormenta a su amado compañero: Ardnys.
El pelaje había abandonado su brillo y el porte señorial, se había reducido a una carcasa de piel y huesos que no era más que eso: un envase vacío. Helga la miró con desdén, aunque algo detrás de su cabeza ya susurraba con voz escalofriante palabras que ella no entendía. Estaban en verano, o al menos eso se cree, pero un frío cruzó su semblante haciéndola empalidecer mientras cada vello del cuerpo se le erizaba.
Según algunos, aquellos que poco saben, Helga tomó el cuerpo del animal y lo enterró tras el único árbol que no se había secado luego de la partida de Maurice. Según otros, la mujer tomó el cadáver y fue con él a uno de los patios internos de la casa, ese donde siempre solían jugar la gata y el hombre. Allí se dice que usando uno de los macetones, que rodeaban el lugar lleno de exóticos helechos y plantas cuyas flores perfumaban el aire, arrancó el rosal que en él crecía y, luego de dejar el cuerpo de Ardnys en el fondo, le cubrió con tierra, colocando nuevamente la planta sobre ella. Incluso es sabido, o eso se cree, que al tomar el tallo de aquel rosal Helga gritó del dolor pues cientos de espinas se enterraron en la palma de su mano haciendo que sangrase copiosamente sobre el cuerpo sin vida del animal.
Nuevamente es aquí, donde dejo a vuestra decisión que versión tomar.
Pasaron los días y Maurice seguía sin volver, llevaba veinte, treinta... ¿Tal vez más? El tiempo no es claro, pues rara vez lo es para quien lo pasa con la lentitud de una condena solitaria, y en la apabulladora compañía de una mente inquieta.
Las rosas sobre Ardnys se secaron y, pese al constante riego, mientras todo alrededor florecía en abundancia, solo aquel macetón parecía seguir muriendo en lenta agonía.
Nadie supo exactamente como comenzó. Algunos dicen que, por las noches, Helga podía oír los maullidos de Ardnys en cada rincón de la casa y eso le llevó a la locura; otros dicen que era el olor... un vaho fúnebre que se extendía por cada habitación recordándole que allí, bajo el seco rosal, no solo había tierra, sino un secreto terrible...
Pero verán, no era ni una cosa ni la otra, pues tal vez y solo tal vez, yo conozco exactamente lo que a Helga le sucedió, aunque otra vez, es de vuestra elección cual camino tomar...
Luego del entierro y aun cuando Maurice no regresaba, luego de la sangre y aún cuando el olor que si existió, todavía flotaba en el aire como un susurro que auguraba una maldición antigua... Helga comenzó a perder el apetito.
Al principio fue de a poco, como un escozor en el vientre, como un nudo que se aprieta en torno al cuello. Con el pasar de los días, Helga dejó de comer. Si acaso y tomaba algunos sorbos de vino o cerveza, pues el agua del lugar estaba “mala”. El peso de la chica era cada vez más bajo y, mas temprano que tarde, dejó también de beber... Su cuerpo, se consumía a paso perturbador y perdía forma con cada día... con cada hora que pasaba.
El espejo frente a su cama ya no devolvía a la joven que alguna vez fué. Ahora en cambio, frente a ella había un cadáver de ojos hundidos en sus cuencas, que usaba sus ropas a duras penas. Pues no había relleno que ayudase a mantener la falda atada en torno a su cintura y, pese a que trataba de ajustar los corsés tanto como le era posible, la mayor parte de las veces caía sobre la alfombra agotada por el esfuerzo.
Poco a poco, y sin que se diera cuenta, la piel se pegaba a los huesos mostrando un esqueleto que parecía cambiar... Como si, junto con su peso, también perdiese su porte... achicándose... encorvándose. Fué entonces cuando una mañana despertó, aunque no sabía entonces dónde había dormido, o como había llegado hasta allí.
¿Porque aquella cama se sentía tan inmensa? reconocía el edredón pues lo había visto antes. Quiso mover los brazos o las piernas, pero no hubo respuesta... como si su cuerpo no le perteneciese.
La visión se le oscurecía en los bordes, como si sus ojos estuviesen cansados.... y lo estaban.
Era la habitación de Maurice. —Tal vez y solo tal vez, llegó mientras aún dormía y me ha traído a su cuarto. Tal vez quería compartir su lecho conmigo por vez primera— pensó con un atisbo de esperanza.
Quiso llamarle, mas no pudo... o al menos no con su voz, pues al abrir la boca solo salió de ella un sonido lastimero. Uno que había oído durante tantas noches que ya no pudo enumerarlas...
Un maullido.
Movió la cabeza buscando y le tomó tanto esfuerzo en hacerlo que pareció una eternidad. Pero cuando lo logró... cuando por fin sus ojos se encontraron con el pulido cristal del espejo junto a la cama de Maurice... el corazón se le hundió.
Alli, en medio de la cama, donde se suponía que estaría ella no había otra que...
Ardnys.
Y mientras se sentía morir lentamente, mientras la oscuridad en su visión ganaba más y más terreno... la cerradura sonó y el pomo giró. Entonces, cuando la puerta se abrió... Estaba Helga.
Y esta Helga era igual a ella —o a quién ella había sido—, pero en su rostro no había desdén u odio, sino una gran sonrisa, y alrededor de su cuello, entre los pétalos secos del rosal marchito, no había una soga como la que ella sentía, sino un collar de piedras preciosas que deletreaban un nombre imposible.
Algunos dicen que todo esto no es más que una leyenda, una historia contada de voz en voz para asustar a los niños.
Muchos dicen que la nueva Helga tiro al cuerpo del animal igual que la anterior, otros que lo quemó y otros incluso dicen que se lo comió... ¿Se imaginan aquello?
Pero esas personas nada saben, nada saben de Ardnys y quien fue y quien sería.
Nadie sabe quién soy.
Nadie sabe como, antes de que la malvada Helga exhalara su último —mi— último aliento, otra vez...
Me acerqué a ella, en cómplice misericordia, y con una última caricia... esa que ella me había negado a mí antes de morir por vez primera... Susurré suavemente a sus pequeñas orejas que ya casi no oían:
—Gracias—

Escritora Curseada

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