Hay una edad del alma en la que uno deja de preguntarse qué está construyendo y empieza a preguntarse qué merece seguir en pie. Porque crecer no se parece tanto a levantar imperios; se parece más a caminar entre ruinas. A reconocer, entre el polvo de las cosas caídas, qué fue refugio y qué fue prisión. Qué nos sostuvo y qué simplemente nos acostumbramos a cargar. Hay algo profundamente humano en derrumbarse. No en romperse, sino en descubrir que la estructura ya no coincide con la vida que intenta habitarla. Y entonces aparecen las grietas, primero pequeñas casi invisibles. Después inevitables. Y por más que intentemos taparlas, la verdad siempre encuentra la forma de respirar. A veces creemos que estamos perdiendo el rumbo, cuando en realidad estamos perdiendo las coordenadas de una versión antigua de nosotros mismos. Y duele. Duele porque nadie nos enseña a despedirnos de quienes fuimos. Nadie nos prepara para mirar hacia atrás y aceptar que algunas de nuestras certezas más queridas eran apenas andamios. Ser al mismo tiempo la herida y la cicatriz. La pregunta y la respuesta. El arquitecto y la ruina.La persona que recuerda y la persona que todavía no existe. Pienso que el alma no avanza en línea recta. Se mueve como los océanos, retirándose y regresando. Hay temporadas de expansión y temporadas de derrumbe. Hay momentos para conquistar el mundo y otros para quedarse quieto observando cómo se desploma una idea que nos acompañó durante años. Y quizás ahí esté la verdadera transformación. Entender que cada versión tuvo una función. Que cada error fue un idioma. Que cada pérdida dejó una puerta abierta. Que incluso aquello que nos rompió también participó de nuestra creación. Porque somos eso: una colección de inviernos que aprendieron a florecer. Un museo de despedidas. Un archivo de incendios apagados. Una ciudad construida sobre ciudades más antiguas. Y debajo de todo lo que hoy somos todavía viven las personas que fuimos alguna vez. No para perseguirnos, sino para sostener los cimientos de esta existencia extraña y hermosa. A veces imagino que la vida no es un camino hacia adelante.Es una conversación infinita entre nuestras ruinas y nuestros sueños. Entre lo que ya cayó y lo que todavía insiste en levantarse. Entre la memoria y el deseo. Entre el miedo y esa fuerza inexplicable que, incluso en los días más oscuros, sigue empujándonos hacia algo que no conocemos. Y tal vez la madurez del alma consista en eso en dejar de exigirle sentido inmediato a cada proceso. En aceptar que algunas transformaciones ocurren en un idioma que todavía no hablamos. En comprender que no todo lo que se derrumba es una tragedia. Que no todo lo que duele es una pérdida. Que no todo lo que termina está muriendo. Hay cosas que se desarman porque ya cumplieron su propósito. Y hay partes nuestras que solo pueden nacer cuando finalmente les hacemos espacio entre los escombros.
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