"La anestesia es el placer.
El dolor es la morfina.
Nunca dejes que estas caminen a la par, porque son drogas que fácilmente no podrás soltar.
Nunca dudes de tu poder de elección. Pero recuerda que, cuanto más te cuestiones, más te vas a encontrar."
Estos son los lemas que más repetí en mi cabeza durante 25 años. No supe entender por qué lo hacía hasta que toqué fondo y me dejé ayudar. Me siento una persona completa, más allá de tener que lidiar aún con las carcasas de mi mente, más allá de la soledad que a veces sigue carcomiéndome.
Nada es para siempre, tampoco el sufrimiento. Sé que voy a pensar otras cien veces que estoy predestinada a ese ardor infernal, pero, en los momentos de luz, me doy cuenta de que, en esa avenida muy poco lineal, no estoy sola.
La vida es una ruta llena de curvas y fosas, y es en esos intercambios de fuerza donde crecemos. No quiero decir que tengamos que dejarnos aniquilar por la llegada del mal, ni que este sea necesario. Pero es verdad que, de alguna manera, también nos pertenece.
Quizás "ser grande" sea eso: aprender a reconocer nuestras sombras y hacer las paces con ellas. Entender que no siempre podemos elegir lo que nos pasa, pero sí podemos elegir qué hacemos con ello. Y que, a veces, verse al espejo también es una forma de elegir.
Quizás no se trate de llegar a un lugar donde ya no duela, sino de aprender a caminar incluso cuando más duele. Y, esta vez, sin anestesia.
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