Regurjito palabras
ante el desbalance intencional
de mi garganta;
Garganta sulfurada en acero
reprime las sentencias de mi boca,
dejándolas podrirse como veneno
en el deleite de las caries borrosas.
Temiendo por el vomito
colérico del karma, redimo
mis habitos y miserias,
dejando que mis uñas tejan
el corto e infinito camino
de nubes pasajeras.
Recaigo en la tierra,
sin recibir abrazos,
sin sentir mi espalda,
sin ver avanzar mis pasos.
Recae y recae,
vuelve a la nada el aire,
las puertas del amanecer se cierran
para oscurecer nuevamente
y, despues de tanto,
volver a vomitar.
Las pestañas y los cielos
se ofuscan por mi sangre,
corriendo miseramente
tras mis venas.
Pestañas inciertas,
extraviadas, ennegrecidas,
caen como hoja sobre mi lengua
y pudren su corta vida
por un segundo de desvelo.
Rojizos los ojos,
tras despertar,
tras el llanto,
tras no dormir,
tras el contacto,
tras su uso,
tras su baja vista.
Desean esclarecer
o dormir
o apagarse
o estar no cansados
o simplemente estar
(o sentirse)
por una vez
purificados.
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