Creo que el mundo necesita más jóvenes enojados.
No confundidos, no indiferentes, no resignados. Enojados.
Lúcidos. Capaces de mirar el mundo a la cara y no soportar lo que ven.
Porque ser joven y no ser revolucionario es hasta una contradicción biológica.
Porque si a esta edad no te estremece ver cómo bombardean hospitales, cómo mutilan niños, cómo reprimen a jubilados, cómo los gobiernos venden soberanía y vidas por dos monedas… entonces algo muy profundo nos adormecieron.
Este presente exige rabia.
No una rabia ciega, sino una que piensa, que pregunta, que no se deja distraer con discursos vacíos ni debates impuestos desde arriba.
Nos quieren tibios, relativizando todo. Nos quieren anestesiados, creyendo que indignarse es de exagerados, que comprometerse es de ingenuos, que luchar es de otro siglo.
Pero no hay nada más realista hoy que enojarse.
Nada más urgente que rebelarse.
Nada más humano que no aceptar el mundo tal como está.
Nos hacen creer que lo correcto es adaptarse, encontrar tu lugar, subir la escalera, competir.
Pero el problema es la escalera.
El problema es el sistema que convierte la injusticia en paisaje, que normaliza el genocidio en Gaza, que convierte la muerte en número, la sangre en algoritmo.
La juventud no puede ser neutral.
No ahora. No con este mundo.
El silencio es complicidad, el cinismo es cobardía.
No necesitamos más jóvenes exitosos y bien adaptados.
Necesitamos más jóvenes enojados.
Que molesten, que interrumpan, que incomoden, que no pidan permiso.
Porque la historia no la escriben los obedientes.
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