JUANA LA LOCA Y LAS OTRAS LOCAS
Miró el reloj y se puso nerviosa.
- ¡Las dos y veinte! … ¡Dios!
Miró otra vez el reloj de pared y se apresuró a cambiarse. Sabiendo que afuera estaba fresco se puso el can-can negro que lucía los domingos en el bingo de la parroquia. Salió a la calle y caminó apurada hasta la parada del colectivo que ya asomaba por la esquina. Cuando subió el primer escalón del colectivo, notó que tenía cruzado el can-can, y que también le molestaba la bombacha. Un muchachito le cedió el asiento.
- ¿Qué hora tiene? -, le preguntó ansiosa a su vecino de viaje.
-Las tres menos cuarto, señora.
Juana se preocupó. Nunca había llegado tarde a ningún lado, y no quería que ésa fuese la primera vez.
Se distrajo mirando por la ventana las casas y los edificios que tanto conocía. Al rato se levantó del asiento, y en la siguiente parada bajó del colectivo, cruzó apurada la calle y despareció por la boca del túnel.
-Voy a llegar tarde… -, murmuró preocupada, mientras intentaba con disimulo acomodarse el can-can y la bombacha.
Esperando el subte observó el cartel de publicidad y se concentró en la imagen del muchacho que fumaba.
- ¡Yo lo veo igual a Carlos!… ¿Me estaré volviendo loca?- expresó, mientras una catarata de angustia la inundaba.
Ya en el vagón hizo una sumatoria mental de los recaudos tomados antes de salir:
-Levanté la ropa de la soga…
-Cerré la llave del gas…
-Cerré las ventanas que dan al patio…
-Le puse llave a la puerta…
Repitió varias veces el listado hasta que la puerta del vagón se abrió, y Juana salió al andén. Subió asesando las escaleras, y al salir por la boca del subte suspiró aliviada. Cruzó casi corriendo la calle, y recién se detuvo al llegar al centro de la explanada, desde donde observó a un grupo de mujeres hablando entre sí.
Juana se acercó.
- ¡Qué suerte que viniste! - exclamó Azucena, al ver llegar a Juana.
-Tengo cruzado el can-can...
Las mujeres rodearon a Juana, y ella con velocidad se subió la pollera y se acomodó todo.
- ¡Qué pasa acá! - preguntó el policía que, al acercarse, exclamó:
- ¡Otra vez ustedes!
¡Sí!… ¡Otra vez! -, respondió, desafiante, Azucena.
-Entonces ya saben… circulando, locas…circulando…
Haciendo oídos sordos, las mujeres se colocaron los pañuelos en la cabeza, y caminaron en silencio hasta completar una vuelta a la explanada.
Luego dieron otra… y otra… y otra…

Roberto Dario Salica
Roberto Darío Salica Escritor de Córdoba, Argentina. A la fecha, ha publicado cinco libros, uno de cuentos para niños, poemas, relatos de la infancia y de relatos fantásticos.
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