Una melodía con la que los ojos se hacen mar, y el dolor que entró por los ojos y se depositó en el pecho se hace más pesado. Hay algo que me persigue desde otras vidas; quizá sea tu mirada, en todas repetida. Algo conmueve mis noches y busca tus letras en todas las almas que conozco. Nunca nada será suficiente.
Mi alma de mujer abandonada en un muelle me dice que tenga paciencia, pero hay cartas místicas que dicen que, a veces, el amor no alcanza. Entonces me dan ganas de pedirte —de nuevo—, con mi mente, porque ya no eres mío, nunca lo fuiste, pedirte que llegaras antes o te fueras más tarde. Que guardaras mis correos, mis versos y mis besos, los que no te di, en algún lugar recóndito de tu corazón.
Deseo, a veces, en noches delirantes, cansadas y febriles, que el recuerdo de mi amor te persiga a todos lados adonde vayas, que me busques en cada par de ojos color vida. Sé que no será así; me consuela desearlo.
Estoy tan cansada. Hace demasiado tiempo. Mi cuerpo se debilita cada día más, y ya serán trescientos quince. ¿Cuánto dolor me queda por recorrer? Me falta alma y ya soy vieja. Mi mente está en una prisión donde me abstengo de cualquier síntoma de felicidad que no sea compartido.
Cada lugar se siente vacío. Cada abrazo se siente frío. Cada palabra de amor se siente falsa. Cada camino a casa se hace infinito, porque mi casa serían tus brazos, que ya no me reciben.
No debería haber respondido la tercera madrugada. No debería haber vestido el corazón de devoción absoluta. Ahora hay devastación absoluta en este pueblo que me tiene enjaulada. No hay nada que me ate a estas calles por las que nunca caminaste y, aun así, estoy condenada a sentir un frío irremediable en cada noche de invierno, a tener frío cada noche de verano, a esquivar todas las hojas crujientes en otoño, o a no sentir el aroma de las flores en primavera.
Quisiera que nada de esto fuera real. Que sea un mal sueño. Que despierte en mi vida número uno, donde la esperanza de tus ojos aún era nueva y fresca. Ya van noventa y ocho, y el ovillo de mi felicidad tejió demasiadas historias inconclusas. Ya mis dedos, desesperados por contar lo que la mente maquina, no encuentran palabras que yo sepa. ¿Cuál podría inventar? ¿Por qué no alcanza? ¿Qué tengo que hacer? ¿Quién tengo que ser? ¿Cuán mínima debo tornarme?
Quisiera verme con tus ojos la primera vez que me leíste. ¿Cómo era? ¿Era bella? ¿Era joven? ¿Te conmovían mis palabras? ¿Hiciste canciones con ellas? ¿Me las robaste y las hiciste propias?
¿Debería esperar? ¿Debería encontrar un nuevo amante? ¿Cuánto dolor más puedo soportar en este crudo invierno que me deshace cada día más?
En la fila para encontrar una cura a las mariposas que se descomponen en mi estómago, en la fila para curar esta sonrisa mía, que está cada vez más ajena a mí, escribo todo esto.
Ya no soy yo desde la última vez. Ya sabes qué última vez. El misterio de un amor que nunca supe dejar. El misterio de un corazón que no quiere sanar porque solo quiere ser visto por primeras letras.
Dicen, dicen las pantallas que distraen mi mente febril. Pantallas que hablan de lo impuro que es amar a un hombre que ama a algo más grande que el mundo; que es la vida y la gloria, que es la paz y la piedad, que es la santidad y la misericordia. Pantallas que hablan de la desazón de amar a un hombre que lleva una promesa áurea en su hermoso cuello. Dicen que pasará.
Pero yo sé que no.
No pasará.
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cordero indefenso
toda esta ira alguna vez fue amor, y toda mi devoción se vuelve violenta.
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