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Isaak y el eco.

Aug 20, 2026

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Se llamaba Isaak. Así, con "k".

Decía que su madre había nacido en un convento abandonado de Besarabia, que hablaba cinco idiomas pero que solo confiaba en el silencio.

La primera vez que Leda lo vio fue en una clase de filosofía sobre la melancolía. Él no participaba. Solo escuchaba. Pero había algo en sus manos. Algo en la forma en que sostenía la taza, en cómo la dejaba caer sobre el platillo como si supiera exactamente cuánto tiempo le quedaba.

Después de eso, comenzaron a encontrarse en lugares cada vez más improbables: una exposición de dagas del siglo XIX, una venta de partituras rusas en una librería perdida, una sala de cine donde proyectaban una versión muda de "Fausto".

Salieron del cine cuando la noche todavía conservaba un poco de blanco y negro en la atmósfera.

- ¿Qué te pareció? Pregunto Leda

- Las películas siempre dicen más de lo que muestran.. decía isaak, pero sin ser pretencioso.

Caminaron una cuadra en silencio.

Isaak, metió una mano en el bolsillo del piloto y dejó caer sobre su palma tres fósforos quemados.

- ¿ Porque ? Lo miro Leda fijo a los ojos y luego hizo un paneo por todo su rostro como intentando hallar por sí misma la respuesta,  agregó luego, ¿ Los coleccionas ?

- No

- Y porque los guardas?

- Los observo como si fueran pequeñas ramas secas

- Bueno, ya hicieron lo único que tenían que hacer  y eso alcanza para conservarlos. Me lo recuerdo como máxima. .. sonrió apenas..

- Las paradojas de la vida, algunas cosas comienzan a existir cuando terminan.

Nunca intercambiaron teléfonos. Ambos tenían certezas de lo incierto.

Y daba lugar a que Isaak aparecería cuando ella sintiera el ardor de lo inexplicable detrás del esternón.

El.. Era hermoso. Pero no de la manera clásica. Su piel tenía ese tinte opaco de las fotos viejas. Y cada vez que lo veía... era más joven. Primero, maduro, elegante, de modales impecables. Después, un hombre de treinta y algo, vibrante y dolido. Luego, casi un estudiante. Hasta que un día, era apenas un adolescente de ojos profundos, tan grave y bello que dolía verlo.

Leda ya no preguntaba. Lo intuía.

Él también venía de una mujer como su madre. Alguien que había pactado algo. Alguien que había amado más allá del tiempo, del cuerpo, del mundo, de este mundo corpóreo.

Leda pasó la tarde ordenando una caja de madera que había pertenecido a su abuela. Olía a alcanfor, papel húmedo y lavanda seca. Había cartas sin abrir, estampitas, botones de nácar, una medalla de cobre y un pequeño sobre atado con un hilo azul.

Dentro había tres fotografías.

La primera mostraba a una mujer de vestido oscuro, de pie frente a una casa de campo. La fecha, escrita con tinta corrida, apenas se dejaba leer: 1919.

Leda reconoció el rostro después de unos segundos.

Era su bisabuela Anastasia

A su lado había un hombre de traje negro. Elegante. El cabello empezaba a encanecer en las sienes. Miraba a la cámara con una serenidad que parecía antigua incluso para aquella época.

Lo observó un instante más.

Había algo conocido en esos ojos.

Dejó la fotografía sobre la mesa.

La segunda estaba fechada en 1954.

La mujer era su abuela Lyudmila cuando aún era joven.

A su lado aparecía el mismo hombre.

Esta vez no tendría más de treinta años.

El mismo perfil.

La misma forma de apoyar la mano izquierda sobre el respaldo de una silla.

Los mismos ojos.

Sintió un leve escalofrío.

Buscó la tercera.

1987.

Su madre sonreía frente a un río, con un vestido claro que Leda recordaba haber visto guardado durante años en un placard.

Detrás de ella, casi fuera de foco, estaba él.

No era posible.

Ahora parecía un muchacho.

Veinte años, tal vez menos.

La expresión seguía siendo exactamente la misma.

No era la jovialidad.

La expresión.

Leda acomodó las tres fotos una al lado de la otra.

Y más allá de ver un patrón en los tres hombres, analizó por deducción que.

Era el mismo rostro desplazándose hacia atrás en el tiempo.

Como si los años, en lugar de sumarse, se desprendieran de él.

Entonces recordó la primera vez que lo había visto.

Y todas las veces posteriores.

No había envejecido desde entonces.

Había rejuvenecido.

Giró la última fotografía.

En el reverso, con una caligrafía que reconoció como la de su abuela, había una sola frase.

No lo llames demasiado.

Leda miró al cielo.

Isaak no era un hombre. Era un eco. Un eco llamado por el deseo de las mujeres de su linaje. A cada generación, volvía. Acompañaba. Tocaba. Amaba. Pero con cada encuentro... se deshacía. La última vez que lo vio, Isaak tenía ocho años. Le sonrió con esa sabiduría que solo tienen los que ya no pertenecen más aquí.

Gracias por recordarme dijo.

Y desapareció. Suavemente sin drama, sin lágrimas . Como desaparecen los perfumes cuando uno se va acostumbrando...

Esa noche, Leda no durmió. Tampoco pensó demasiado, la noche sonaba a la "Gnossienne" de Satie.

Solo escribió, con manos temblorosas:

"Que vuelva. Aunque ya no me recuerde.

Aunque vuelva como un nombre en otra lengua."

Lumi 🗡️

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