Me gusta la invisibilidad.
Ese manto de niebla que me cubre
cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso.
En su tejido me vuelvo sombra,
y en la sombra soy libre:
libre de críticas,
libre de piedras lanzadas por los míos,
libre de ojos que pesan,
de comparaciones que hieren,
de expectativas que atan.
Me gusta esconderme,
escurrirme,
desaparecer.
Ser vapor,
ser silencio,
ser yo fundida con la nada.
Ocultarme en las grietas del mundo,
donde no llegan las miradas,
donde el juicio se diluye
y el tiempo no me exige ser otra cosa
que no sea yo misma.
En ese lugar sin forma
me convierto en un suspiro apenas,
en bruma que nadie intenta atrapar,
en un eco que se pierde en la distancia.
Pero no estoy perdida.
Solo observo.
Solo espero.
Porque sé aparecer
cuando el momento me reclama.
Mi invisibilidad no es huida:
es mi táctica,
mi fuerza silenciosa,
mi manera de elegir
cuándo y cómo ser vista.
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