La lluvia es una lenta ocupación de la memoria, esa insistencia de quien golpea una puerta sabiendo que adentro ya no queda nadie, solo el eco de una silla movida por el viento. Afuera, el otoño se dedica a desmantelar los parques, dejando los árboles en los puros huesos, como un lenguaje que ha perdido todos sus adjetivos. Estoy de este lado del vidrio, dibujando tu nombre con el dedo en el vaho para que la humedad lo borre antes de terminarlo; fue siempre este oficio de armar un rompecabezas en la oscuridad, con piezas de otros juegos, con fragmentos de espejo que solo devuelven el tajo de una mirada.
Ahora la soledad es una pequeña muñeca de trapo olvidada bajo la tormenta, con esa mirada fija de las cosas que no saben morir, mientras escribo para no ser devorada por la pared, para que el silencio no sea este animal blanco que duerme sobre mis rodillas. No es el invierno lo que temo, sino esta tregua amarilla de hojas que se mueren, la certeza de que nuestras manos eran dos pájaros ciegos buscando un mismo nido que nunca existió.
Solo queda el ritmo de las gotas contra el zinc, un pulso de sangre fría en esta habitación sin puertas donde yo me busco y vos sos la ausencia que me mira. El gris de la calle es el único color que sobrevive; el mundo sigue su curso de relojes y pasos, mientras aquí adentro el tiempo es una mancha de té sobre el mantel, una forma del adiós que no termina de secarse.
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