Soy el rastro efímero de una pisada en la arena,
una nota mal tocada en una melodía ajena,
la brisa que acaricia por un instante
y se desvanece sin dejar huella.
Me han mirado con promesas en los labios
y ausencias en las manos,
me han dicho mi nombre con ternura
antes de olvidarlo en bocas nuevas.
Soy un verso tachado,
una palabra que nunca llega a pronunciarse,
un sueño que se desvanece con la primera luz.
Siempre hay alguien más.
Alguien más dulce,
más dócil,
más digno de ser amado sin titubeos.
Y yo me vuelvo el eco de un amor nunca dicho,
el reflejo distorsionado en aguas turbulentas,
lo que existe solo hasta que llega algo mejor.
¿Es que hay algo en mí que repele la permanencia?
¿Un defecto en la forma en que mi alma se curva,
un matiz en mi esencia que grita
“olvídame”
a quienes me rozan con la punta de los dedos?
Soy la posibilidad descartada,
el vacío entre dos latidos,
un susurro sin destinatario.
Y el amor—ese amor que otros encuentran sin esfuerzo—
parece siempre desvanecerse en el aire
antes de tocar mi piel.
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