Perpetuar la melancolía como forma de resistencia no nos parece tan absurdo como habernos guardado un pedazo de vestido y acariciarlo cada tanto. Sin embargo, en el desquicio el que acaricia lo que alguna vez fue prenda, tiene algún vínculo real.
Si tu torpeza fuese disimulable tanto como lo abismal de tu peso, que deforma, probablemente cualquier recuerdo futuro, así como también los pasados que ni siquiera conociste y de algún modo se preguntan por vos. Y digo torpeza porque a veces siento que te los vas chocando, que sos absurdamente descuidada con lo que tocás de mi vida sin saber el efecto de encanto que le llevás a cada celula. Y si yo tuviese un pedazo de tu vestido... Pensé. Quizás podría rebuscar en él algún poco de magia, que así como la suerte es impune, insípida, y si es buena o mala depende integramente de nosotros.
Le dedico las pizcas de lucides a mi falta de cordura, la paradoja curiosa de sentir la tela en la mano, de evocar el recuerdo e inventar variantes para evitar el corte, el desgarro, el agujero insuturable que traspasó la tela, la piel, las pieles.
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