Que triste es ser insuficiente. Levantarse sin ánimo, porque ni para esa simple tarea destacas. Convivir siempre a la sombra del día ya que el sol ni siquiera se frena a mirarte. Ver como las nubes se escapan lentamente de la vista para no hacerte sentir mal pero cuando menos te das cuenta estas ya se fueron.
Que solitario es no ser lo suficientemente digno de querer ni de apreciar, teniendo que afrontar toda una vida a la distancia del resto debido a que no sabes como acercarte a otro sin hacerte ver en menos ni ser tratado como el payaso de circo del mundo. Uno con el tiempo aprende a vivir lejos; a pasar semanas sin mensajes, ni voces de otras personas, solo mis ojos y el paisaje de las paredes de un hogar vacío.
Cada tanto suelo abrir la ventana para ver la noche, para sentir el silencio del mundo. Curiosamente, nunca halló estrellas cuando poso mis ojos hacia arriba; seguramente se alejaron al igual que la luna y el sol y las nubes.
Cuando contemplo la magnitud del mundo que me rodea no solo me llena de soledad el corazón, se llena de envidia. Aquel infinito, aquel cielo y aquellas estrellas ausentes reposan desde arriba y todas brillan con la misma magnitud. Todas aquellas viven continuamente con la posibilidad de ser acompañadas, de cumplir una labor en el universo.
Veo aquellas estrellas y me siento minúsculo, más pequeño e inutil que cualquier objeto en el mundo. Todos cumplen alguna labor en cambio yo solo camino, yo solo pienso y callo, inhalo y exhalo, y finalmente, existo.
No soy lo suficientemente digno para vivir. Cada paso que doy lo siento pecaminoso como si el agua fuera contaminada lentamente por un vacío oscuro que solo sirve para arruinar el paisaje de la tierra. No soy digno de la vida, sino la soledad no me arrastraría, no me llevaría con sus cadenas aprisionadoras hacia el castigo innevitable de la vida ermitaña, no sentiría mi existencia como algo tan vano e innecesario.
Es sepulcral lavarse la cara en la mañana y mirar al espejo porque al mirarlo simplemente no hay nada. Osea, si hay algo pero no vale la pena mencionarlo, se aprecian los defectos y carencias de todo aquello que me condena.
Unos ojos tristes e irritados se posan, lentamente bajan a reposar su vista en el cuerpo no deseado. Se miran fijamente y en un silencio inmenso deja de existir la vida, deja de existir la insuficiencia del mundo, el alma por un pequeño momento se plantea e imagina la posibilidad de ser libre.
Unas manos rotas se palpan la cara, recorren el pelo rebelde pasando lentamente a la cicatriz de la ceja y finalmente recae en la mejilla, donde por un leve segundo se siente acompañado, siente que hay una ligera pizca de consuelo en aquella palma pero al fin y al cabo solo es otra artimaña del cielo, para evitar librarme de la vida, de la ceguera, del cuerpo, de las cadenas de la insuficiencia.
Al final del día, todo se torna en un deseo, en un reclamo a gritos hacia el mundo, ya que ¿Qué culpa tiene la piedra de estorbar al río y cambiar su dirección? ¿Por qué mi existencia continua siendo tangible cuando ni el aire quiere acercarse? Con eso en mente, en la triste mente, solo queda ver como la lluvia cae y desaparece con los días, añorando que algún día seamos como esas nubes que se extinguen. Por desgracia, cuerpo se vuelve irónico ya que no es solo el mundo quien detiene la libertad del alma, yo lo atribuyo también a la cobardía de mis huesos por no deshacerse de su plano. Aún así, espero, sinceramente, librarme de las trabas de mi condena marginal autoatribuida y finalmente caer solo, como siempre, en el cielo taciturno que observa cada pecado que se comete en el mundo.
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