Prometí escribirte cada día desde que dejé de saber de ti, pero descubrí que existen promesas imposibles de sostener. Es irónico, porque siempre odié la deshonestidad, y aun así terminé fallándome a mí misma.
Hay una colección interminable de tus miradas viviendo en mi memoria. Las repito una y otra vez, como si en alguna de ellas pudiera encontrar una respuesta. Y entonces recuerdo cómo el brillo de tus ojos comenzó a apagarse poco a poco, como ceniza que el viento arrastra sin esfuerzo. Lo vi suceder y, a pesar de todo, nunca entendí el porqué.
Creo que eso es lo que más duele.
No haber sido la persona a la que acudieras cuando todo se volvía pesado. No haber sido el refugio que necesitabas. Ni siquiera la compañía que te hiciera quedarte un momento más.
Desde entonces vivo rodeada de preguntas. Despierto con ellas, duermo con ellas, respiro con ellas. Crecen dentro de mí como una enredadera imposible de arrancar. El nudo en mi garganta se vuelve más fuerte cada día y hago todo lo posible por no buscarte. Me ato las manos, muerdo mis labios, clavo las uñas en mi piel y reúno una fuerza que no sabía que existía para no correr hacia ti.
Para no escribirte.
Para no preguntarte cómo estás.
Pero siempre termino perdiendo la batalla.
¿Estás bien?
¿Comes bien?
¿Duermes bien?
¿Hay alguien que te cuide cuando el mundo pesa demasiado?
Y ahí está otra vez este amor absurdo, insistente, desesperante. El mismo que intenta dejarte ir mientras pasa los días preguntándose si sigues existiendo de la misma forma en que existías para mí.
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