Vagaba con tranquilidad entre el aire y la tierra, abrazado por la curiosidad, ignorado por el universo. Así recorrió el largo tiempo, y fue hasta que una melodía lo sacudió; en ella reconoció la vibración del cosmos, y vibró junto a él.
Alzó la mirada, el celeste lo obnubila, la ceguera momentánea le obligó a agachar la cabeza. Al abrir los ojos, el verde era tan intenso que selló su espíritu; se impregnó de vida. Palpó la aspereza del suelo donde se posaban sus pies y advirtió la presión del viento sobre su rostro.
Y entonces, con sumo cuidado, puso un pie por delante del otro, y así sucesivamente; se sintió pleno en su andar.
Y a su boca se llevó el fruto rojo, brillante, delicioso; sintió el gusto por primera vez, y era dulce, lo más dulce que jamás había probado. Y así continuó caminando sobre el manto con total libertad.
Sólo se detuvo una vez, algo le había despertado la curiosidad; una flor marchita fue suficiente.
-Querida flor- dijo- ¿Qué es lo que te está pasando?
Y en ese instante descubrió que la belleza se escapaba, y vio como la vida de aquella flor se escapaba, y notó que él también se escapaba.
Y el dulce jamás volvió a ser tan dulce, y ahora el firmamento era oscuro, y sus oídos nunca más percibieron aquella hermosa melodía, ni una sola vez; ahora sabe que ya no es libre y nunca más lo será.
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