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Infancias, para Sofía XXVII.

Apr 26, 2026

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A veces una pincelada, un simple gesto. O quizás rotar un poco el enfoque; el tentarse a recostarnos manteniendo el equilibrio sobre un brazo, mientras se impregna a la piel el pegote del piso húmedo del otoño.

O quizás no, quizás la verdad es la foto totalmente desenfocada y luchar contra ella, o contra la expectativa previa al obturador.

Lidiar. A Sofía le encantaba esa palabra. Y proseguía con la alabanza a alguna estela curiosa del movimiento no captado, entonces pensaba (en voz alta, otra vez) en aquel ballet que vio el otro día durante unos cuarenta y siete minutos sin saber nada de baile. O una postal de un cuadro que le encanta y no sabe por qué, que de alguna forma le hizo acordar a la noche estrellada aunque no se parezca en nada.

Le encanta soberanamente la idea de que cada belleza creada es efectivamente una promesa incumplida de algo mayor. Y depende siempre de algún factor diferente el si esto la contenta, o quizás la apaga, o quizás la acerca al arte, o quizás al oficio cauteloso de ir guardando en distintos cajones piezas incompletas, siempre datadas, para acumularlas en desorden interno, y prolijamente desde afuera.

Qué bomba al tiempo le enfrentará repentinamente el día de la limpieza, que llega no casualmente cuando los tonos oscuros y azulados le penetran los pulmones; entonces respira distinto, más lento, más profundo, con la tendencia a acompasarse con cualquier cosa que le recuerde a sus infancias.

La que está allá lejos, cuando efectivamente niña: provoca un llanto que se sincroniza con la cola de un perro que pasó paseando la avenida, haciéndole acordar al suyo que alguna vez su vieja regaló.

El llegar y que hayan regalado al amor de tu vida, como prueba irrefutable de que nunca fue tuyo, y que no fue sino otra de las postales del escritorio.

Y de la otra infancia tampoco se olvida: la de media-adulta, la del único barrio que ama a pesar de haber conocido los suficientes, porque guarda indicios de varias de sus mejores primeras cosas. Entonces el acompasarse es más ritual, más sigiloso.

El sonido de las burbujas en el dispenser de agua, luego el ruido de la estufa, para finalizar con el toc del reloj desconfigurado —que sin embargo remite a su abuela y nuevamente el juego—.

PibedeVictoria

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