Me nutro de lo infame, con algo de la desgracia de Horacio que siempre me conmueve en el punto justo y de todo lo que repelen la continuidad del mundo los personajes que tanto leo hasta al hartazgo, hasta que chocamos miradas entre las páginas casi marrones, al borde del colapso, hasta no entender ni siquiera las cosas vagas cómo qué era lo que estabamos leyendo o quién era el que leía a quién.
Cómo es que me rodean las mismas y ciertas cosas, y tengo la tendencia de irme embebiendo del clima, de la bruma, de aquel color marrón. Entonces empieza a explicarse ya no como hechicería toda mi respuesta, todo mi tacto, hasta mi caminar distinto ya desacostumbrado a apoyarse cada tanto en el tuyo. Y entonces tambalea y a veces parece cojo, y no queda más que disimularnos en borracheras distantes y digo nuestras y no mía porque prefiero imaginarte en el mismo estado para incluso en éste no sentirme solo.
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