El sol penetra por el ventanal y el sillón se prepara para lo que no llega. Los rayos entran con la forma de aquel septiembre. Las flores del ojo de poeta florecieron de las mismas ramas. Incluso yo, que ya sé el final, espero.
No quiero acercarme demasiado y tocar algo de este silencio tristemente maravilloso que construimos.
Busco algún camino que acorte la distancia que pactamos en esa noche desconocida. Me desola pensar que en el tiempo que dure nuestra eternidad solo va a existir un final impronunciable. Porque en algún momento me hubiera arrancado el corazón y te lo hubiera dado.
Escondimos nuestras palabras en la cruz de un mapa que junta el polvo que no tiene donde ir a parar. Los significantes ya no tienen voz, y los significados cada día los olvidamos un poco más.
El tiempo entre nosotros se detuvo después de la última vez que cerraste mi puerta. Y ahí nos quedamos, sentados en el borde de nuestra historia cruzando alguna mirada oxidada porque acá tus filos no llegan a lastimarme. No volveríamos a entrar porque somos los únicos que podríamos volver a rompernos.
A las tres aparece tu ausencia, que desde siempre ella es mucho más puntual. Nos atrapó y nos hizo cómplices de este hueco. Lo demás se fue cuando el silencio empezó a quedarse entre nosotros.
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