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III

Mar 3, 2026

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Increíble cómo me reía.

Con esa risa alta, elegante

de quien jamás se ha ensuciado,

pero opina sobre el lodo ajeno.

Me reía de los devotos de la desgracia,

de los que abrazaban su pena

como si fuera reliquia sagrada,

como si la misma fuera anestesia.

Yo, con mi diminuta percepción de la empatía

la cual presumía y levantaba,

miraba la razón caer al suelo

y celebraba el polvo levantado.

Qué impecable mi soberbia.

Qué blanca mi conciencia

cuando señalaba con el índice

a los que amaban lo que los rompía.

Y ahora.

Ahora soy la razón pisoteada,

la que suplica desde el suelo

mientras alguien más se ríe.

Me enamoré sin remedio

de mi miseria.

De sus manos tibias

que prometían refugio

mientras cerraban la puerta por dentro.

De su sonrisa clara,

de su lengua afilada

que me nombraba pequeña

con una dulzura casi maternal

y que me cortaba cuál navaja.

Me enamoré.

Así, sin metáforas heroicas.

Sin excusas literarias.

Y aunque me hunde,

no la suelto.

La invoco.

La extraño.

Vivo lejos

y el silencio pesa distinto sin su sombra.

Extraño el ardor en el pecho,

esa caricia que dolía

pero me hacía sentir viva.

Maldita miseria.

Qué bien me queda tu penumbra.

Y si Dios existe,

debe estar riéndose.

Y esta vez

no soy yo quien tiene la risa más elegante.

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