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Hoy le pongo nombre, sinestesia

┆Azael

Jun 2, 2026

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Hoy le pongo nombre, sinestesia
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Hoy le escribo al mundo que todo me sabe a rojo; no un rojo tono cereza, sino más sangre, más metálico. Un rojo que se queda pegado en la lengua y se derrama por las calles cuando enciendo las noticias. Rojo de sirenas lejanas, de despedidas prematuras, de heridas que nadie alcanza a cerrar.

Desde el sur hasta el norte, desde guerras hasta asesinatos, todo parece teñirse de ese mismo sabor. Pero se ve mal en una niña que solo conoce el saber del color azul, como el agua que tomas tú. Un azul ligero, transparente, que baja por la garganta sin dejar preguntas. Un azul tranquilo que nunca tuvo que explicar su existencia.

Yo, en cambio, crecí rodeada de colores que no sabían quedarse en los ojos. Los colores se escapaban, se mezclaban con los olores, con los sonidos, con los sabores. El amarillo crujía como hojas secas bajo los pies. El morado tenía el gusto espeso de los secretos guardados demasiado tiempo. El blanco sabía a silencio, a una habitación vacía después de una discusión.

Cuando le aseguras a la gente que no solo son colores, sino sabores; sabores que te calan el alma como un primer beso, te miran con extrañeza y, con palabras acusatorias, te dicen:

—Oh, pequeña, ¿estás segura de que no te confundes? Esto que ves es una fresa, ¿cómo podría saberte a naranja?

Y yo quisiera responderles que no entienden nada. Que no se trata de frutas ni de nombres. Que no es una equivocación ni un juego de la imaginación. Que el mundo se me presenta de una forma distinta, como si hubiera nacido con una ventana extra abierta hacia las cosas.

No, de hecho no me sabe a naranja. Me sabe a la amargura que sale por su boca, que relaciono con un sabor de color madera. Madera vieja, húmeda, astillada por los años. Madera de puertas cerradas y mesas donde nunca hubo un lugar para mí.

Esa misma madera con la que me golpeo cada vez que me cierras la puerta con tus estereotipos absurdos y desinformados. Porque para ti los colores son solo colores, y los sabores solo sabores. Porque necesitas que todo permanezca en la caja donde aprendiste a nombrarlo.

Pero yo no puedo separar lo que nació unido.

Las risas tienen colores. Algunas son naranjas y tibias como el sol de invierno. Otras son grises, vacías, obligadas a existir por cortesía. Las voces también tienen sabor. Hay voces dulces como el dorado de la miel y otras que dejan en la lengua el sabor oxidado de una moneda olvidada.

La tristeza siempre me ha sabido a azul oscuro. No al azul del mar en verano, sino al de las profundidades donde la luz ya no llega. La alegría, en cambio, es amarilla; brillante y chispeante, como la primera mordida a una fruta madura. Y el miedo... el miedo es verde. Un verde áspero que raspa la garganta y se instala en el pecho como una enredadera.

Por eso me duele cuando me llaman exagerada. Cuando convierten mi experiencia en una rareza o en un error que debe corregirse. Como si el mundo solo pudiera existir de una única manera. Como si la percepción tuviera que obedecer las mismas reglas para todos.

No saben que llevo años traduciendo. Traduciendo colores en palabras, sabores en metáforas, sensaciones en explicaciones que nunca parecen suficientes. Intentando describir un idioma que mi mente habla de forma natural, pero que los demás escuchan como un idioma extranjero.

Y aun así sigo escribiendo.

Porque quizás algún día alguien lea estas líneas y comprenda que el rojo puede saber a metal, que el azul puede sentirse como agua fresca y que la madera puede tener el peso de una herida.

Quizás algún día deje de parecer extraño que los sentidos se tomen de la mano.

Y cuando llegue ese día, ya no tendré que explicarle al mundo cómo sabe un color.

Simplemente podré decir que hoy el cielo tenía gusto a esperanza, y nadie me preguntará si estoy confundida.

┆Azael

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