En este momento del día la ciudad -la parte que habito y algunos metro más que percibo, como se dice, a la redonda- urge. Las sirenas murmuran desde un punto que no me detengo a imaginar y se agudizan a un ritmo lento, frenadas por el resto de los motores que también se quejan con bocinas y frenadas, hasta darme la impresión de tenerlas al lado aunque no las vea. Ahora transcurre un instante bisagra porque el segundo inmediato, con la misma veguedad que llegaron hasta acá, comienzan a deshacer el camino sonoro en cuya mitad exacta me encuentro yo, sentado en la vereda de un café. Como si se arrastraran, las sirenas se descomponen con una paciencia opuesta a su propia naturaleza hasta ser un rumor que perdura más en mi imaginación que en mis oídos.
Un flujo más hirviente que el sol del mediodía se escurre por las calles. Parecen los escombros de toda la ciudad deshaciéndose en una lava espesa que se cuela por donde puede y que volverá no tan pronto a solidificarse en una forma y lugar diferente. Sin embargo, a pesar de esto, y a decir verdad lo supe desde que me senté y me trajeron el café negro y le dí el primer sorbo, a mi alrededor, en estos metros redondos o cuadrados, los que veo y los que percibo o imagino, no pasa, francamente, nada.
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